Durante las décadas de 1920 y 1930 en la Argentina, las investigaciones científicas relacionadas con el campo de la fisiología, la endocrinología y la bioquímica se institucionalizaron en el marco de las Universidades Públicas y alcanzaron un notable reconocimiento internacional. En particular se destaca el trabajo realizado por Bernardo Houssay (Premio Nobel de Medicina en 1947) al frente del Instituto de Fisiología de la Universidad de Buenos Aires, y también se recuerda al científico Salvador Mazza por sus investigaciones sobre la enfermedad de Chagas. Uno de los más destacados miembros del equipo de investigación de Houssay fue Pedro V. Mazzocco (1891-1965) a quien yo conocí en mi niñez como “el tío Pedro”.
Claro está, Pedro Mazzocco era hermano de mi abuelo materno, el Ingeniero Segundo Cándido Mazzocco, experto en seguridad industrial; su familia, oriunda de Italia, llegó a la Argentina con la gran inmigración de fines del siglo XIX y principios del XX y se radicó en la Provincia de Salta.
Allí, en Salta, Pedro Mazzocco llevó adelante experimentos tendientes a develar lo que en la década de 1920 todavía era un misterio, a saber, ¿existía alguna relación entre el “bocio endémico” y la “enfermedad de Chagas”? Por ejemplo, en 1920, Houssay en el Journal of the American Medical Association, planteaba el problema de la siguiente forma debatiendo con el experto Krauss:
“Se ha discutido mucho sobre esa enfermedad. En el Brasil se aceptó sin discusión hasta hace poco que el bocio endémico era causado por el Tripanosoma Cruzi descubierto por Chagas. Krauss y sus colaboradores señalaron que en la Argentina se encontraba bocio en parajes donde existía “triatoma infestans”, insecto transmisor de ese Tripanosoma, pero al lado mismo de esos puntos podía encontrarse el insecto infectado por el tripanosoma y no existía, sin embargo, la enfermedad humana”.
De modo que Mazzocco y Mazza se abocaron a resolver la cuestión, el primero convirtiéndose en experto en bocio endémico y el segundo en la enfermedad de Chagas.
Pedro V. Mazzocco estudió el contenido de yodo en la tiroides de sujetos humanos, el agua, la tierra y los principales alimentos de la Provincia de Salta, y realizó algunos estudios similares en la región del Litoral, en 1924. Fruto de esas investigaciones y las realizadas por Mazza descubrieron que era inexistente la asociación entre ambas enfermedades ya que no eran causadas por el mismo agente patógeno, por lo que el estudio del hipertiroidismo avanzó notablemente.
Los trabajos de Mazzocco fueron presentados en la Quinta Reunión de la Sociedad Argentina de Patología Regional del Norte, en 1929 en Jujuy, y publicados ese mismo año en la Revista de la Sociedad Argentina de Biología. Colaboraba con Mazzocco el científico Arias Aranda. Asimismo, Mazzocco y Mazza hicieron nuevas mediciones comparadas de yodo en hombres y perros enfermos de bocio en la Provincia de Jujuy y población sana tanto de San Salvador de Jujuy como de la ciudad de Buenos Aires. En 1931 publicaron en forma conjunta los resultados. Posteriormente los estudios realizados significaron importantes avances en el campo de la endocrinología y la diabetes.
Quedó establecido que el bocio era causado por una deficiente o excesiva cantidad de yodo en el cuerpo lo que provocaba el aumento de la glándula tiroides: el problema estaba en el agua potable y en los alimentos –en particular los envasados y en la producción de sal- y no en un agente patógeno biológico. El descubrimiento tuvo un efecto en la industria alimenticia y en el tratamiento químico del agua potable, con lo cual la enfermedad perdió su carácter de endémico, para 1955 estaba prácticamente erradicado y hoy son raros los casos en el país. En el mundo todavía afecta a casi 200 millones de personas.
Mi memoria no recuerda al “tío Pedro” que falleció en 1965, pero sí recuerdo vivamente nuestras visitas a la “tía Rosa” en su casa de Villa del Parque no solo por las tortas y dulces que preparaba para mí y mis hermanos sino porque a veces nos dejaba “explorar” el abandonado laboratorio que todavía existía en la casa. Recuerdo que motivado por esas furtivas visitas al laboratorio, le pedí a mi padre que me regalara un “juego de química” y durante algún tiempo imaginé convertirme en químico o biólogo. Pero un día recuerdo que “el juego de química” provocó algún tipo de “efecto no deseado”, y “penitencia” de por medio desaparecieron tanto mis tubos de ensayo como mi prematura y malograda afición por la ciencia experimental.
También recomiendo la lectura de Ariel Barrios Medina sobre la historia del doctorado en Farmacia y Bioquímica de la Universidad de Buenos Aires, donde también se dan detalles del trabajo de Mazzocco que puede consultarse aquí.
Para el artículo de Mazzocco publicado en la Revista de la Sociedad Argentina de Biología, Número 42, Abril, 1966, ver aquí.
Además, sobre el “Estado actual de los relevamientos de bocio endémico”, consultar aquí.
Otra bibliografía, pero no digitalizada, es la siguiente:
Mazza, Salvador y Mazzocco, Pedro (1931), "Yodemia comparada de hombres y perros bociosos de Jujuy con normales de esta ciudad y de Buenos Aires", en Séptima Reunión de la Sociedad Argentina de Patología Regional del Norte, Tucumán, página 159.
Mazzocco, Pedro y Arias Aranda, C. (1930), "Contenido de yodo de la tiroides de ovinos en Salta y Litoral", en La Semana Médica, Número 37, página 366.

En la foto: Instituto de Fisiología de la Universidad de Buenos Aires, 1928. Houssay y sus colaboradores reunidos en el Instituto, a la hora del té. Houssay sentado a la cabecera de la mesa, a su derecha, Ciro Turido Rietti, Dora Potick y un colaborador no identificado; a su izquierda, Argentina Artundo, y Pedro Mazzocco (identificado con un círculo).