En vista de que la publicación de mi libro está encerrada en los laberintos del mercado editorial, y dado que muchos amigos, compañeros, colegas, familiares, estudiantes, quieren tener algún avance sobre el texto, les transcribo lo que fue mi exposición ante el Jurado Académico de mi Tesis de Doctorado. Aquí se expone un resumen ampliado que describe en qué consistió mi investigación, como problematice el objeto de estudio, y cuales son los principales aportes tanto teóricos como metodológicos que puse en juego. No es el libro, no adelanta partes del libro, pero es su matriz. Esta exposición se realizó el día 11 de diciembre de 2007 en acto público del que participaron el Jurado, compuesto por los Doctores Mario Heler, Ricardo Costa y Susana Murillo, mi Director de Tesis el Doctor Federico Schuster, el Secretario de Posgrado de la Facultad de Ciencias Sociales Doctor Pablo Alabarces, y un nutrido grupo de amigos, colegas, estudiantes y familiares que se hicieron presentes. El tema de la Tesis: “Nuestra Patria. La producción de la argentinidad como régimen de verdad y la educación patriótica escolar en el discurso de Carlos Octavio Bunge (1890-1914)”.
¿Cómo somos los argentinos? ¿Por qué somos como somos? Estas preguntas fueron las que inicialmente motivaron la escritura de mi tesis, y también fueron las preguntas que se hicieron, entre fines del siglo XIX y principios del XX, intelectuales como Carlos O. Bunge. Estas preguntas se han convertido en tópicos del sentido común, se han ensayado decenas de respuestas pero ninguna parece dejar despejada la incógnita. El sentido común de los argentinos ha naturalizado la falta de respuestas convincentes utilizando las preguntas como respuestas. ¿Cómo somos los argentinos? Somos como somos. ¿Por qué somos como somos? Porque siempre fuimos así.
Quizá la primera conclusión que puede establecerse con mi tesis es plantear que los argentinos no somos como somos y que no siempre fuimos así. Qué no hay un “ser argentino” sino que el modo y forma de ser de los argentinos es el resultado de una producción de saberes y verdades que, a lo largo del tiempo, nos hicieron de tal modo de asegurar nuestra gubernamentalidad.
La argentinidad no existe y nunca existió, sin embargo, ese inexistente se convirtió en algo incrustado en lo real moldeando todo un sistema de prácticas y un conjunto de regímenes de experiencias y disposiciones para la acción.
La argentinidad fue inventada no para reflejar a los argentinos tal como éramos o somos, sino para mostrarnos que nunca llegábamos a ser lo que debíamos ser. Y a partir de esa invención, a lo largo de la historia, los argentinos de carne y hueso fuimos objeto de un conjunto de saberes y prácticas para corregirnos, para que dejemos de ser lo que éramos y somos y nos convirtiéramos en otra cosa. Esa otra cosa no consistía en hacer de argentinos “imperfectos” argentinos “perfectos”, sino nada más y nada menos que argentinos “gobernables”.
Hacer a los argentinos gobernables, es decir, totalmente adaptados a las condiciones particulares del orden capitalista argentino, con sus relaciones sociales de poder, dominación y explotación. Y cada vez que parecía alcanzarse el objetivo, la estructura social se modificaba así como las formas particulares del capitalismo en recíproca interrelación. Una vez más reaparecía el problema, se reactualizaban viejos discursos y aparecían nuevos, recomenzando la necesidad de inventar y fabricar un “nuevo argentino” y una “nueva argentina” la que esta vez, sí, sería la definitiva.
Los discursos positivistas se inscribieron en esta genealogía como un momento de esta continuada ingeniería social, y el estudio de sus condiciones de aparición, de existencia y de posibilidad constituyó el objetivo que intenté explorar. Lo hice a partir de uno de los tantos discursos positivistas que hegemonizaron el campo intelectual argentino entre finales del siglo XIX y principios del XX, el que personificó durante su trayectoria el sociólogo Carlos O. Bunge.
La elección del discurso bungeano para abordar la producción de la argentinidad se fundamentó en ciertas particularidades de sus prácticas discursivas que significaron una problematización muy diferente a la elaborada por otros agentes sociales de su época.
En primer lugar, Bunge enunció el problema político que su discurso pretendía resolver de una manera consistente con la preocupación por hacer gobernable la Argentina cuando, en la línea inaugurada por Juan B. Alberdi con su conocida consigna de “gobernar es poblar”, resumió los efectos de poder que pretendía generar con su sociología en la consigna “gobernar es educar”. Explicó que no se trataba de modificar la consigna alberdiana porque ésta estuviera errada, sino porque ya no daba cuenta de las nuevas formas sociales que la modernización capitalista y la gran inmigración habían dado a la sociedad argentina.
Modernización e inmigración habían sido las consignas apropiadas para orientar el progreso argentino en las condiciones sociales vigentes en la primera mitad del siglo XIX. Pero ya modernizado y poblado el país, era tiempo de proponer un reencauzamiento social a gran escala que hiciera posible resolver los nuevos problemas que esa modernización y esa inmigración habían generado como efectos no deseados.
En segundo lugar, sí para Bunge gobernar era educar debía encontrar en el saber científico, ese poderoso producto de la modernidad, los fundamentos positivos de un tipo particular de gobierno y de una forma particular de educación que hiciera posible que la civilización no produjera, subsidiariamente, la barbarie. A diferencia de Sarmiento, que oponía civilización y barbarie, Bunge interpreta que toda forma de civilización provoca formas asociadas de barbarie, una barbarie que ahora podía ser explicada científicamente como degeneración, la gran contratendencia natural de la evolución, y como “lucha de clases” reverso también natural de la necesaria y lógica lucha por la existencia.
Si para Sarmiento gobernar era civilizar, y para Alberdi gobernar era poblar, el significado que Bunge asignaba a “gobernar es educar” suponía más que una ruptura con sus antecesores una actualización en la que había que poner en juego instrumentos y saberes nuevos que proporcionaban las ciencias biológicas y naturales para explicar lo social. “La política es biología aplicada”.
Gobernar consistía, para Bunge, en lograr que el organismo social se reprodujera en forma coordinada y armónica, lo que presuponía que todas las funciones y lugares sociales eran útiles y necesarios para asegurar la existencia del conjunto orgánico. Pero, aclaraba, así como el individuo posee un organismo físico y un organismo psíquico también las sociedades debían tener una estructura psicológica. La originalidad de Bunge no consistió en llegar a esta conclusión, otros positivistas argentinos también lo hicieron, sino en explicar que el gobierno de los cuerpos no podía escindirse del gobierno de las almas y que el método científico para gobernar almas era la educación.
Pero no una educación como la de Sarmiento ó como las que proponían otros pedagogos, positivistas y no positivistas de la época, que buscaban producir cuerpos dóciles al trabajo ó a la ciudadanía, sino una educación moral, entendiendo por moral un modo y forma de ser que, a la vez que adaptara a los individuos para el lugar de clase que la naturaleza les había asignado los hiciera sujetos regenerables, que pudieran progresar individualmente sin que ese progreso se contrapusiera al interés general del cuerpo social.
En suma, que hiciera que todos los sujetos fueran felices y que esa felicidad individual redundara en una felicidad social, armónica, sin otra interferencia que la que imponían las leyes de la biología social.
En tercer lugar, porque siendo un intelectual que defendía el orden social, con sus jerarquías y desigualdades constitutivas, entendió que ningún orden social está libre del cambio social y que por lo tanto la mejor defensa de la sociedad contra el desorden consistía en reformar el orden conservadoramente, es decir, reformarlo según las leyes científicas de la evolución y la adaptación. “Evolución y no revolución”.
Pero fue aún más lejos al considerar que si la sociedad estaba naturalmente dividida en individuos, razas y clases superiores e inferiores, la desarmonía social no podía ser imputada a los inferiores sino a la responsabilidad exclusiva de los superiores. Por lo tanto, si los inferiores debían ser educados para obedecer, los superiores debían ser educados para mandar. El mando, el poder de mandar, no era una facultad para ser ejercida irresponsable o arbitrariamente, sino que debía ajustarse a las leyes estrictas del organicismo social. De lo contrario, la “clase directora” degeneraría, y al degenerar produciría la degeneración del conjunto del cuerpo social trayendo la ruina y la decadencia.
Estos tres registros resultan fundamentales para poder interpretar no sólo la trayectoria de Bunge como agente social, sino también el tipo de prácticas discursivas que desarrolló, las formas en que esas prácticas discursivas tuvieron un alto grado de aceptación social y autoridad legítima dentro del campo discursivo de la época, y lo que más interesa a mi propósito, los efectos de poder en el orden de la gubernamentalidad que dichas prácticas discursivas tuvieron sobre la sociedad argentina, independientemente de que la clase dominante recusara sus propuestas, criticara sus métodos, y finalmente lo olvidara.
Sin embargo, sostengo que la forma de gubernamentalidad propuesta por Bunge, mediada por diversas dispersiones, reapropiaciones y reactualizaciones producidas en las décadas posteriores a su muerte, funcionó como condición de posibilidad para la aparición del discurso y la práctica de la conciliación de clases. Insisto en que ése sería el principal efecto de poder producido por el discurso bungeano.
En forma concomitante, otro importante efecto de poder puede ser adjudicado a las prácticas discursivas de Bunge. Me refiero a los efectos de producción de subjetividad que, a través del sistema educativo escolar y del dispositivo familiar, conformaron un conjunto de valores, creencias, visiones del mundo, y disposiciones para obrar que se convirtieron en el sentido común de una argentinidad cuya superficie de emergencia fue la clase media argentina.
Es importante dejar en claro que la argentinidad bungeana no opera sobre una clase media ya constituida, sino que penetra los cuerpos en el proceso mismo de su subjetivación. Ambos procesos emergen simultáneamente y luego se van reproduciendo mutuamente: el discurso hace a la clase media al mismo tiempo que la clase media hace al discurso. “Ser argentino” es ser o llegar a ser de clase media.
Por lo tanto, ambos efectos de poder son parte de un único y mismo proceso de subjetivación. Si el discurso bungeano es condición de posibilidad para la aparición de la conciliación de clases como un modo y forma particular de ser-hacer en el mundo argentino, es porque la clase media argentina hizo de la conciliación de clases su particular modo de ser-hacer en su mundo argentino. “Ser argentino de clase media” es conciliar la lucha por la existencia individual con el mayor grado posible de armonía social.
Intentar demostrar estas dos hipótesis constituye la principal línea de continuidad que habilitaría futuras investigaciones basadas en los presupuestos expuestos en mi tesis. Para sistematizar esas condiciones de posibilidad de futuras investigaciones resulta conveniente que en estas conclusiones exponga, someramente, los resultados obtenidos que operarían como la matriz de la problematización que propongo para su abordaje.
El problema podría ser enunciado de la siguiente forma: si para Bunge gobernar es educar, y educar es formar subjetividades: ¿Qué tipo de subjetividades son las requeridas para asegurar la gubernamentalidad argentina? ¿Por qué esas subjetividades y no otras? ¿Cómo es que Bunge abre las condiciones de posibilidad para un ejercicio del poder basado en la conciliación de clases? ¿Y por qué fue la clase media y no otra clase social la superficie de emergencia de ese discurso?
Sostengo que la clave interpretativa para despejar esta problematización se encuentra en tres modos de subjetivación que aparecen como una constante del discurso bungeano, durante toda su trayectoria, y que se articulan y se referencian mutuamente conformando una cadena de significación. Estos tres modos de subjetivación los he denominado como aspirabilidad, cultura del trabajo, y patriotismo escolar y los deduzco de lo que Bunge consideraba como el objetivo excluyente de la educación patriótica.
Los prácticas discursivas subjetivadoras bungeanas presuponen una teoría de la patria o discurso patriótico, una teoría de la división del trabajo social o discurso del culto al trabajo, y una teoría de la raza ó discurso de la aspirabilidad, todas ellas según Bunge fundadas en el conocimiento científico y el método positivista.
Y debían ser enunciadas de tal forma que fueran recepcionadas (asimiladas) por los enunciatarios como verdades naturalizadas. A Bunge no le interesaba, o no creía que a sus enunciatarios les interesara o que pudieran comprender las complejidades del saber científico-positivista. Le interesaba conducir conductas, disponer campos posibles de acción a sus enunciatarios, y que sea de forma tal que rápidamente fueran convertidas en sentido común.
Así, interpreto que el discurso patriótico le dice a los sujetos qué es lo que existe (la patria), que es lo bueno y lo verdadero (el trabajo), y que es lo posible y lo imposible (la aspirabilidad): patria, trabajo, y aspirabilidad constituyen la argentinidad.
El discurso patriótico de Bunge, enunciaba la representación colectiva de la sociedad en tanto cuerpo social, subsumiendo a las razas, las clases y los individuos. A la vez, el discurso sobre la cultura del trabajo, el culto al trabajo, era lo que la “patria” esperaba de los argentinos, y que conciliaba la “lucha por la existencia individual” con el bien colectivo social. La división del trabajo era el correlato social de la división de funciones de todo organismo vivo. Por fin, el discurso sobre la aspirabilidad establecía el fundamento de la reproducción armónica del organismo social que consistía en que las aspiraciones tienen límites naturales y que por lo tanto “aprender a aspirar” consistía en aceptar “ser el mejor en el lugar y la función en la que te tocó ser”.
El patriotismo escolar, la cultura del trabajo y la aspirabilidad eran las condiciones para el ejercicio de un poder productivo antes que represivo, de una política orientada a recuperar cuerpos antes que ha estigmatizarlos, excluirlos ó aniquilarlos. La patria era el interés general al cual debían subsumirse todos los intereses particulares, ya sean individuales, raciales ó de clase.
“La patria somos todos”, nos abarca a todos, nos hace iguales a todos, y al mismo tiempo, el trabajo y la aspirabilidad dejan un margen suficiente para que cada interés particular pueda desarrollarse sin alterar las leyes de la adaptación al medio y la selección natural. El genio debe convivir con el ignorante, la clase directora con el pueblo, y la raza superior con la inferior: lo que habilita esta armonía es la argentinidad compartida e inscripta en los cuerpos.
Si para Bunge la Argentina tiene, naturalmente, un destino de grandeza asignado en el concierto de las naciones, y por lo tanto, un liderazgo que ejercer, esta grandeza dependerá del grado en que los argentinos asimilen el patriotismo escolar, la cultura del trabajo, y la aspirabilidad. Y, al mismo tiempo, si la patria es grande y poderosa, tendrá garantizado un progreso indefinido y grados cada vez más elevados de civilización que redundarán en el éxito y la felicidad de todos y cada uno de quienes habiten el país.
Esta interpelación al éxito individual y colectivo, traducido en términos de las expectativas de movilidad social coincidió con las motivaciones que traían los inmigrantes al llegar a la Argentina. Trabajar, “hacerse la América”, progresar, aspirar a más, tanto para ellos como para sus hijos.
Por otra parte, Bunge se las ingenió para que su prédica, casi pastoral, sobre el futuro de grandeza que se abría a los inmigrantes les llegara en diversas formas accesibles a su entendimiento. De modo que se justificaba, por ejemplo, el uso de ficciones patrióticas en un texto escolar, ó la escritura de obras literarias, de teatro, ó de artículos en revistas de circulación masiva, ó el recurso en los textos científicos al uso de formas narrativas propias del naturalismo ó el realismo literario, ó el uso de la práctica judicial o de un texto legal, como el código de trabajo, para ejemplificar y divulgar la moral argentina.
Otro aspecto del discurso bungeano que rápidamente fue asimilado por la nueva clase media hecha cuerpo en los inmigrantes y sus hijos, fue la crítica a los políticos y a la política, lo que Bunge llamaba la “política criolla”, y a la estigmatización de la clase dominante como “parasitaria”. El trabajo, la aspirabilidad, el patriotismo, se mostraban como la antítesis de la política. No había que involucrarse en la política ni hacer política, porque hacerlo suponía un grave obstáculo al progreso individual.
En cuanto a las dispersiones y discontinuidades del discurso bungeano y sus efectos de poder en las décadas de 1930 y 1940, sostengo que fue posible ya que en ese período se produce una actualización del campo discursivo sobre la argentinidad organizado en los términos del discurso eugenésico. La nueva consigna será: “gobernar es poblar y educar… y también seleccionar”.
Dos discípulos de Bunge se encargarán de reactivarlo adecuándolo a la corriente eugenésica “positiva” (Bernaldo de Quirós) y la “negativa” (Manuel Zuloaga). Quirós fue presidente de la Sociedad Eugenésica Argentina y el Museo Social Argentino, dos dispositivos que tuvieron una gran influencia en el diseño de políticas públicas durante esas décadas; Zuloaga, desde el ámbito académico y la Dirección General de Migraciones, fundamentó desde el discurso antropológico las políticas sanitarias, migratorias y poblacionales. Ambos influyeron notablemente en el diseño del discurso católico y militar sobre la argentinidad.
Durante el gobierno peronista, el Estado adoptó como propias las prácticas discursivas de Zuloaga, al mismo tiempo que Quirós organizaba el discurso eugenésico del anti-peronismo. Con la caída del peronismo, la eugenesia positiva de Quirós se constituyó en la referencia obligada de las políticas migratorias, de salud, y educación tanto de los gobiernos civiles como militares. Ambos, reclamaban ser los legítimos continuadores del pensamiento de Bunge.
¿Cómo se conciliarían las clases? A la manera bungeana, en un nuevo y gran crisol de razas que subsumiría todas las clases en una única, homogénea, e indiferenciada “nueva raza argentina”.
En realidad, lo que hacían sin saberlo era mostrar que la vigencia de una formación discursiva reside en la capacidad de sus reglas para albergar contradicciones, que los autores son funciones de esas discontinuidades, y que la vigencia de un discurso sólo puede entenderse por su refracción en una positividad.