miércoles 29 de abril de 2009

Guatemala, sociología de la guerra

Entre 2003 y 2005 dicté en la Facultad de Ciencias Sociales la asignatura “Historia Política y Social de Centroamérica: Guatemala” en la que junto al equipo de cátedra abordábamos la problemática de la guerra que se libró entre 1960 y 1996 entre las fuerzas insurgentes y el ejército. Luego, colaboré como Investigador en el Proyecto UBACYT titulado “Nuevas fundamentaciones de las prácticas militares” dirigido por mi colega Flabián Nievas. Como resultado de ese trabajo de investigación escribí un texto en el que conceptualizaba y describía, desde una mirada foucaultiana, las tácticas y estrategias contrainsurgentes utilizadas por el Ejército guatemalteco en el registro de la gubernamentalidad. El texto fue publicado en el libro “Aportes para una sociología de la guerra” que incluye la producción final de aquel UBACYT.

Para leer y descargar mi texto, titulado “El laboratorio de contrainsurgencia. Las formas de la guerra y el conflicto de baja intensidad en Guatemala (1960-1996)” hágalo aquí.

domingo 26 de abril de 2009

Marx: azar y capitalismo



En “El Capital” Marx dice que en el capitalismo los “dados” siempre están “cargados” a favor de la burguesía, nunca del proletariado. Lo que quiere significar Marx es que las reglas del juego son sociales y que responden a una forma determinada de estructuración de las relaciones de poder, y que ni siquiera “el azar” escapa a la lógica de la gubernamentalidad burguesa. El “proletariado”, en su lucha contra la “burguesía” nunca podrá esperar que “un golpe de suerte” le ayude o haga por él lo que él mismo debe hacer y que los obstáculos que enfrenta no solo son económicos o políticos sino también simbólicos.

Después de todo que otra cosa es el azar de los juegos (incluso dixit Marx del juego social) sino el producto de un sistema de reglas y procedimientos que lo producen simbólicamente. Más aún si “alguien” se toma el trabajo de “cargar los dados”, ya que “cargarlos” significa cargarlos simbólicamente y de ninguna manera simplemente alterarlos en su composición material: hay que alterarlos para que produzcan una sumatoria igual a “7” (o cualquier otro número) porque las reglas del juego (de ese juego particular) determinan que “7” y solo “7” son los números que sirven para ganar. Otros dispositivos que administran relaciones de poder como “azar” son los textos que nos explican el “significado de los números” (desde el que se usa para vender la quiniela o el loto, hasta los más sofisticados textos esotéricos que constituyen el discurso de la “numerología”; otros textos asocian números a sueños; otros nos relatan como determinados números o combinaciones de números en circunstancias determinadas hicieron que personas célebres fueran o no ayudadas por ciertos números “cabalísticos” (entendiendo cábala en la forma en que lo entiende el sentido común): la matrícula de un automóvil, el número de vuelo de un avión, las últimas tres cifras de un documento de identidad, etc.; también, desde luego, hay días asociados con números que son fatídicos, como el martes o el viernes “13”, en fin la lista de ejemplos sería interminable. Todos estos efectos sobrenaturales o azarosos asignados a los números son, desde luego, invenciones pero que sean invenciones no significa que no produzcan efectos materiales sobre la realidad sino que sus efectos de realidad son mucho más efectivos, insistentes, reproducibles, y verosímiles.

Ahora bien, tanto en el caso señalado por Marx como en los ejemplos quizá más mundanos que les señalaba, nunca hay que perder de vista que además siempre está en juego una “economía del azar”: la burguesía extrae la plusvalía de la fuerza de trabajo proletaria “cargando dados”, y también extrae fabulosas ganancias de los “azares” más mundanos (incluso no solo a los proletarios sino a entre burgueses). La gubernamentalidad siempre es un efecto de poder múltiple: económico, político, ideológico, simbólico, jurídico, religioso… sujeta siempre a los sujetos “en cuerpo y alma”.

viernes 24 de abril de 2009

Revista Sociedad (FSOC)



En el Número 26 de la Revista Sociedad, publicación académica de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, se publicó un texto de mi autoría titulado “Sociología positivista y educación patriótica en el discurso de Carlos Octavio Bunge”. En ese texto propongo un abordaje genealógico sobre la recepción en la Argentina de la sociología de Augusto Comte y su aplicación para el diseño de las políticas estatales que implementaron la “educación o cruzada patriótica” entre 1908 y 1913 según el discurso positivista del sociólogo Carlos Octavio Bunge.



Pueden leer el artículo o descargarlo aquí:











Informe Bialet Massé


En 1904 el entonces presidente Julio A. Roca encarga a Juan Bialet Massé que viaje por el país y redacte un “Informe sobre el estado de las clases obreras argentinas” al efecto de fundamentar las propuestas políticas que la elite intelectual positivista había elaborado al efecto de “regenerar” la sociedad e implementar una serie de reformas legislativas tendientes a regular las relaciones entre el capital y el trabajo: promulgación de un “Código de Trabajo” (antecedente y matriz de las leyes sindicales del peronismo) y crear un “Departamento Nacional del Trabajo” (del cual surgiría décadas más tarde el Coronel Juan Perón como “Primer Trabajador”). En su época las organizaciones anarquistas y sindicalistas rechazaron de plano estas reformas por considerar que sujetaban al movimiento obrero y a los trabajadores a la tutela estatal quitándoles su independencia de clase al regimentarla legalmente.

Hace un par de años se hizo un documental sobre el citado Informe elogiándolo como un ejemplo de denuncia de las condiciones de vida de los trabajadores, que incluso apoyaron diversos exponentes de la izquierda; el documental concluía que nada había cambiando desde entonces hasta nuestra actualidad. Yo hago otra lectura del famoso Informe, cuyos datos seguramente describían ciertamente la condición obrera de aquellos tiempos, no en su contenido sino en su matriz discursiva, es decir, en su forma, porque justamente es el discurso de Bialet Massé el que informa cualquier interpretación posible de su Informe.

¿Cuál era el discurso que Bialet Massé enuncia en su Informe para “explicar” por qué las cosas son como son? En un registro que evoca el discurso positivista que articula biología, psicología social y sociología, Bialet Massé organiza su discurso sobre el argentino nativo en el registro temático de la “psicofisiología del obrero argentino”, al que caracteriza como localista, patriotero, indiferente e ingenuo ante la política, y utilitarista en extremo. Paradójicamente, estas características no son presentadas como defectos sino, por el contrario, como virtudes que explicarían un modo de vida adaptado perfectamente al medio.

El Informe sugería que esta desafección era en gran medida producida por el propio discurso radicalizado de las organizaciones sindicales y políticas de izquierda, en particular en su modo de interpelación al “sujeto revolucionario” nativo, y a su alto grado de radicalización que chocaba con la aspirabilidad inmigrante que consistía en venir a la Argentina “para hacer la América” y luego retornar a su país de origen.

Dado que el Informe reviste el carácter de sociológicamente científico en la época, se deduce de los datos una base material para el discurso de los reformadores en general orientado a presentar como “apolítica” a la masa obrera y totalmente divorciada de la “ínfima minoría de agitadores anarquistas”. En concordancia con esta construcción de la realidad político-social, Bialet Massé asume las categorías propuestas por Carlos O. Bunge de “aspirabilidad”, “patriotismo escolar”, y “cultura del trabajo” como factores constitutivos de una forma de ser que se organiza alrededor del individualismo, el culto a la propiedad privada, y el rechazo de las doctrinas anarquistas y comunistas.

El Informe se constituye en un dispositivo productor de sujetos trabajadores argentinos “normales” que abominan del socialismo y que “aman” el capitalismo buscando crear un efecto de realidad que justifique por una parte la necesaria “tutela” del Estado sobre los trabajadores, y por el otro estigmatice como “anormales”, “anti-argentinos”, y “enfermos” a quienes luchaban por la revolución social. También reproduce un discurso racista en relación a los Pueblos Originarios que, según Massé, son también “comunistas”. Veamos algunos ejemplos:

Para Bialet Massé, por ejemplo, el trabajador argentino:

“Ama el lujo, el aparto y la diversión, y tiene una tendencia a la ostentación del yo, como ningún otro pueblo; no se le dice en vano que otro es más guapo que él, ni para el trabajo ni en valor personal; siempre intenta, a lo menos con un esfuerzo extraordinario, que nadie le supere. Esa ostentación del yo le hace generoso y hasta pródigo, detesta al avaro y se burla de las infelicidades del rico”…

“Difícilmente puede encontrarse un pueblo que tenga más desarrollado el instinto de la propiedad que el pueblo argentino en el Interior. El rancho propio le es tan necesario como la ropa que viste”…

“Para alejarlo del socialismo, para inspirarle un verdadero horror por el anarquismo, no hay más que darle a leer ‘La Anarquía’ de Malatesta ó la ‘Filosofía del anarquismo’ de Malato, y ese horror le viene de que entiende perfectamente la teoría, y está escarmentado por la práctica de lo que es el comunismo; lo conoce por experiencia y lo detesta en las comunidades de indígenas. Colectivismo o comunismo, son términos que para él no significan más que comunidad, y en cuanto percibe la idea, no escucha más; es inútil tener la elocuencia de Demóstenes, no le entra”…

“Entiende que un reparto de terrenos de los ricos le conviene, no para gozarlos en común, sino para tener el suyo o agrandarlo; como entiende bien y quiere la mejora de los jornales, la jornada corta, el jornal mínimo, el impuesto gradual y todo lo que es mejora de su condición; pero las ideas colectivistas o comunistas las rechaza sin discusión. En una palabra, es el hombre mejor preparado para aceptar el socialismo australiano, pero en manera alguna pasa más allá”…

Y así a través de las 1.500 páginas que fueron elogiadas por la élite oligárquica y vivamente rechazadas por los trabajadores. ¿No cambió nada de 1904 a la actualidad? Bueno, hoy parece que los progresistas apoyan fervorosamente el discurso de Massé. ¿Les parece poco?...

El horizonte posible de cambio social del trabajador nativo es presentado por Bialet Massé dentro de los límites de una política reformista que resulta compatible con el texto del Código de Trabajo, que de esa forma aparece legitimado “desde abajo”, y no como el producto de un grupo de intelectuales reformistas que pretenden una reforma “desde arriba”, es decir, se trata de un discurso que ordena los datos recogidos con una finalidad netamente política: embellecer la dominación oligárquica y justificar la represión contra los partidos y sindicatos de trabajadores revolucionarios. ¿En nombre de qué? De la defensa de la “argentinidad”, del “ser nacional”, y contra los enemigos de la patria, el orden, y “nuestro modo de vida”. ¿Les suena esa cantinela?

¿Eran así los trabajadores de la Argentina? Según los relatos de los dirigentes del movimiento obrero de la época y las crónicas periodísticas y documentales la respuesta es NO. ¿Vivían así los trabajadores de la Argentina? la respuesta es SEGURAMENTE VIVIAN PEOR. ¿La causa de la “mala vida” obrera era la RAZA? La respuesta es era la CLASE. Una clase trabajadora urbana que junto con los trabajadores rurales gauchos y los Pueblos Indígenas fueron perseguidos, reprimidos, asesinados, enviados la “Guerra del Paraguay”, enviados a la “Conquista del Desierto” para aniquilar indígenas, enviados al Interior insurgente para aniquilar a los que se oponían al modelo de capitalismo agrario dependiente.

¿Y quien es la principal personificación de todas esas políticas genocidas que nos cuentan en relatos liberales y progresistas? Nada más y nada menos que el entonces presidente Julio A. Roca, el que contrata al “sabio extranjero” Bialet Massé, para que escriba todo lo que Roca y la burguesía argentina y extranjera querían escuchar para legitimar sus “reformas” y sus futuras leyes de “Defensa Social”, “Semanas Rojas”, “Semanas Trágicas”, “Patagonias rebeldes fusiladas”, “policías bravas anti-comunistas”, “ejércitos salvadores de la Patria del flagelo comunista”… En suma, los trabajadores o son tarados o son comunistas. “Algo hay que hacer”… que el Estado los ponga bajo su tutela a los primeros y mate a los segundos. Eso sí, justificado en el Informe de un “sabio extranjero”.

Nada dice Bialet Massé de la historia de las resistencias apagadas a sangre y fuego, y cuyo efecto de poder seguramente fue producir esos sujetos argentinos que “aman el capitalismo”. Bialet Massé, un intelectual orgánico de la gran burguesía argentina de principios de siglo, que muestra cómo el saber está indisolublemente asociado con el poder y que confirma que hacer argentinos gobernables requería de conducir conductas en el registro de la biopolítica.

miércoles 22 de abril de 2009

Michel Foucault: Vigilar y Castigar

En el próximo Congreso de la Asociación Latinoamericana de Sociología (ALAS) que se va a realizar en Buenos Aires del 31 de agosto al 4 de septiembre de 2009, voy a presentar una Ponencia en el Grupo de Trabajo “Sociología de las emociones y el cuerpo” cuyo título es “El alma es la cárcel del cuerpo. Hacia una sociología del cuerpo y la argentinidad”. La metáfora “el alma es la cárcel del cuerpo” es de Michel Foucault y como ya habrán notado invierte la frase de sentido común que dice que “el cuerpo es la cárcel del alma”. Para avanzar en las implicancias de esta inversión foucaultiana reproduzco la explicación que nos brinda Michel Foucault en su libro Vigilar y Castigar. Nacimiento de la Prisión.

“No se debería decir que el alma es una ilusión, o un efecto ideológico. Pero sí que existe, que tiene una realidad, que está producida permanentemente en la superficie y en el interior del cuerpo por el funcionamiento de un poder que se ejerce sobre aquellos a quienes se castiga, y de una manera más general sobre aquellos a quienes se vigila, se educa y corrige, sobre aquellos a quienes se sujeta a un aparato de producción. El hombre del que nos habla y al que nos invita a liberar es ya en sí el efecto de un sometimiento mucho más profundo que él mismo. Un “alma” lo habita y lo conduce a la existencia, que es una pieza en el dominio que el poder ejerce sobre el cuerpo. El alma, efecto e instrumento de una anatomía política; el alma, cárcel del cuerpo”
Michel Foucault, Vigilar y Castigar.




Por otra parte, el contenido de la Ponencia consiste en un primer avance del Proyecto de Investigación “La argentinidad inscripta en el cuerpo” que estoy desarrollando en la actualidad. Para ponerlos en tema reproduzco el Resumen del Proyecto.


Resumen – Proyecto de Investigación
La argentinidad inscripta en el cuerpo
Director: Doctor Luis García Fanlo

A partir de una elaboración teórico-conceptual acerca de la producción social del cuerpo, y de una descripción socio-histórica sobre las formas en que las prácticas gubernamentales y sus dispositivos disciplinarios panópticos asociaron la producción del cuerpo con la argentinidad, el Proyecto se propone investigar sobre la actualidad de las políticas del cuerpo. Estas políticas ahora parecen localizarse en dispositivos de control sinóptico, que serían aquellos que acoplan la televisión, Internet, la telefonía celular móvil y la realidad virtual, reconfigurando los modelos sociales sobre el cuerpo y la argentinidad.


Abstract – Research Project
The Argentinity marked on the Body
Project Director: Ph.D. Luis García Fanlo

The investigation analyzes and thinks over today’s politics of the body. We stand from a theoretical-conceptual elaboration about social production of the body and a socio-historical description on the ways in which governamentality practices and their disciplinary devices associated the production of the body with Argentinity. Nowadays, these politics appear to be located in synoptic control devices like television, internet, mobile phones and virtual reality, resulting in the reconfiguration of social body and Argentinity models to self.

martes 21 de abril de 2009

Violencia y muerte en boliches bailables

En los últimos tiempos los jóvenes se han convertido en objeto de una “nueva” problematización que sin embargo retoma una pregunta “de siempre”: “¿Qué pasa con la juventud?”, “¿Hacia dónde va la juventud? La “juventud” ha sido siempre más que un “problema” una “problemática” de la argentinidad. Por ejemplo, a principios del siglo XX, los productores de opinión se hacían la misma pregunta cuando surgió el tango y con él toda una subcultura juvenil que era visualizada como “perdida”. Un ejemplo de esta representación la podemos encontrar, por ejemplo, en la película “Los muchachos de antes no usaban gomina”; irónicamente hoy el problema es que no usan gomina sino que se planchan el pelo y portan “nuevos peinados”: los floggers, por ejemplo. En fin, lo que quiero comentar hoy se refiere a la actualidad que producen los noticieros y los programas de televisión periodísticos cuando nos interpelan diciendo: "¿Qué pasa con los jóvenes y el alcohol… o la droga, o el “descontrol” al que se entregan por la noche en boliches, bailantas, recitales, etc.?" Nueva formulación de un viejo problema: la juventud como una etapa de la vida que se resiste a la tutela de los códigos que supuestamente tienen los “mayores”.

Yo en cambio me pregunto si no es precisamente al revés. Después de todo los “boliches” no son administrados por jóvenes sino por adultos y es en esos “boliches” donde más fácilmente un joven puede acceder al alcohol o la droga, por ejemplo. En los dispositivos es donde se produce la subjetividad, un “boliche” es un dispositivo productor de una determinada “posición de sujeto joven”. Son los “boliches” los que venden alcohol a los menores, los que organizan los “concursos” para ver quien toma más, los que comercializan la droga entre sus cuatro paredes, los que impulsan concursos cuyo premio es una cirugía estética de las “lolas”, los que abren sus puertas a las dos o tres de la mañana, etc. etc. etc. Entonces es el dispositivo el que sujeta a los jóvenes a una determinada “forma de ser” y no a la inversa. “La noche”, la “diversión”, los jóvenes, son un negocio capitalista que requiere crear sujetos consumidores adecuados a la lógica de la ganancia.

Existe entonces una “economía del descontrol”, un “descontrol” que favorece el consumo y que hace del consumo una forma “normal” de “ser joven”. Una juventud que en tanto consumidora requiere ser redefinida produciendo “nuevas necesidades” y “nuevos jóvenes” incorporando a los adolescentes. Incorporación cualitativa y cuantitativa, entonces, de nuevos y más sofisticados consumidores. Más alcohol para más jóvenes, más droga para más jóvenes, etc. “Si no tomás o no te drogas o no te haces cirugías, o no te entregás” no sos un joven normal, es decir, no sos un consumidor de adecuado para lo que se espera para un joven. Además, la violencia como descontrol en los “boliches”, por lo menos en sus expresiones más “irracionales” no es producida por los muchachos y muchachas sino por los “patovicas”, que son la fuerza de choque parapolicial que los “boliches” tienen para “seleccionar” casi eugenésicamente “quien entra” y “quien sale” de determinado boliche. Cuestión de raza y clase, cuestión de “nivel de consumo”, cuestión de organización del consumo. Entonces, me pregunto: ¿Qué pasa con los boliches?, ¿Por qué el Estado les permite a los “boliches” administrar ilegalismos como si fueran un Estado paralelo?, ¿Por qué el problema son los jóvenes y no los dispositivos que hacen que los jóvenes sean como son? Economía del descontrol. Pero no solo para producir jóvenes que descontrolen sus consumos para poder “llegar a ser”, sino también para que ya fuera de los “boliches”, cuando lleven su descontrol fuera del dispositivo creado especialmente para ellos, puedan ser tratados como “descontrolados”, es decir, anormales, desviados, “locos”, es decir, puedan llevar inscripto en sus cuerpos la marca de la “peligrosidad”. Para controlar a veces hay que descontrolar.




lunes 20 de abril de 2009

Positivismo y Posestructuralismo



Si hay algo que sorprende de la sociología positivista argentina de Carlos Octavio Bunge es que su marco interpretativo tiene un asombroso “parecido de familia” con las actuales teorías sociales generalmente conocidas como “posestructuralistas”. Siendo positivista y habiendo producido sus prácticas discursivas entre fines del siglo XIX y principios del XX llama la atención que enuncie “la muerte del autor” a quien caracteriza como un simple emergente de una época que le “hace decir, pensar o escribir” de una forma determinada y no de otra: “¿No sería más completo ir al fondo y estudiar en sí los rasgos culminantes del espíritu de esos ambientes y esas épocas? Al fin y al cabo, los autores no son más que síntomas, si bien a veces de los más elocuentes” (Carlos Octavio Bunge, La Educación, pp. 37).

Sin embargo, hay un vínculo entre la sociología de Bunge y los filósofos y sociólogos posestructuralistas actuales y ese vínculo resulta de la lectura en común de Friedrich Nietzsche, autor que en la Argentina del Centenario tuvo una importante recepción en el campo intelectual: Ernesto Quesada, Manuel Gálvez, Leopoldo Lugones, entre sus más destacados lectores. Y también es cierto que en la actualidad hay quienes postulan la existencia de una vinculación entre positivismo y posestructuralismo en los planteos teóricos de Michel Foucault quien incluso, irónicamente, alguna vez se auto-definió como “un positivista feliz” aunque yo creo que más que positivismo en todo caso se trata de una imprecisa influencia empirista, lo que no es lo mismo. En todo caso el “empirismo” de autores como Gilles Deleuze se explica más en el contexto de la crítica al racionalismo y toda forma de idealismo filosófico.

Sea como fuera las diferencias entre el positivismo y el posestructuralismo son nítidas tanto en términos epistemológicos, como teóricos y metodológicos. Una de las principales diferencias radica en que para los positivistas no hay conocimiento posible si no surge de la aplicación del método científico y de una asimilación del “mundo natural” con el “mundo social”, cosa que rechazan de plano todos los posestructuralistas. Al hacerlo, rechazan también los postulados positivistas que explican la “subjetividad” (en tanto formas de ser de los individuos, las clases y las sociedades) como expresión de una “naturaleza humana” dada de una vez y para siempre a partir de la cual justifican la legitimidad del orden social existente. Para los positivistas la “realidad” existe y como tal se presenta al sujeto del conocimiento como un objeto “externo” y “verdadero”, en tanto para los posestructuralistas lo que existen son “efectos de realidad” y “efectos de verdad” producto de modos de subjetivación y objetivación que constituyen a sujetos y objetos como tales. Para los primeros lo REAL existe y puede ser conocido, para los segundos lo REAL si existe está fuera del campo de conocimiento del sujeto.

También hay que señalar la diferencia existente entre cierto historicismo que defendían los positivistas y la “historicidad” a la que hacen referencia los posestructuralistas: para los primeros los hechos sociales son históricos en el sentido de estar determinados por las “leyes” del progreso indefinido entendidos como una sucesión de “causas y efectos” científicamente comprobables y verificables; los posestructuralistas, en cambio, consideran que la historicidad es el producto de luchas y enfrentamientos sociales que no tienen un sentido “último y predeterminado” sino que obedecen a “situaciones” y “acontecimientos” que aparecen produciendo rupturas que reconfiguran campos de relaciones de fuerzas sociales, lo que implica que no hay “conexión necesaria” entre causas y efectos en la historia humana.

Señalo una última diferencia (no en el sentido de que no existan más diferencias sino porque no quiero hacer un libro de un “post”): para los positivistas el sujeto existe y no es otro que la minoría de individuos que pertenecen a las “razas superiores” y actúan a favor de un proceso civilizatorio de claro contenido burgués, en tanto para los posestructuralistas el sujeto no existe, y lo que existe son relaciones de poder (entendidas como “ejercicio del poder” y “resistencias” a dicho ejercicio) que precisamente hay que criticar en la perspectiva de un proyecto emancipatorio que solo puede asumir formas anticapitalistas. Carlos Octavio Bunge proclamaba: “Evolución sí, revolución no”; Michel Foucault le contestaría que “Nunca es inútil sublevarse”.

sábado 18 de abril de 2009

Epidemia Dengue en Argentina II




(Dengue y argentinidad)

Lo que están viendo en la imagen insertada arriba no es un artefacto espacial, ni un dispositivo extraterrestre, ni un producto de la imaginación más prodigiosa, lo que están viendo es un virus de la variedad denominada “compleja”. La imagen que inserto a continuación muestra una estructura menos compleja que la anterior pero que sin embargo también genera una impresión visual de ser algo artificial: es el virus del dengue.



Los científicos, al día de hoy, no saben muy bien lo que es un virus. ¿Es algo vivo? ¿Es algo no-vivo? ¿Es algo que existe entre la vida y la no-vida? Pero estas preguntas no son las únicas que no tienen contestación, tampoco saben los científicos cual es el origen de los virus, ni la función que cumplen en la naturaleza. Solo pueden describirlos y conocerlos por sus efectos de poder, que no son otros que vivir y reproducirse a expensas de un organismo vivo. Algunos virus se reproducen en seres vivos y son esos mismos seres vivos los que los transportan hacia otros (contagio directo, como la gripe o las eruptivas, o el SIDA) y otros virus viven sin hacer daño en un organismo vivo a través del cual encuentran otro organismo vivo en el cual reproducirse (contagio indirecto, como el dengue, la fiebre amarilla, el Chagas). A veces, si un ser humano tiene “altas” sus defensas inmunológicas o fue vacunado previamente, puede portar algunos tipos de virus sin que lo enfermen pero nada impide que pueda contagiar a otro ser humano, depende de la “virulencia” del virus, es decir, de su potencia para sobrevivir.

Recién a principios del siglo XX se pudo comenzar a identificar, catalogar, clasificar, y teorizar sobre los virus: el primero fue la fiebre amarilla; sin embargo, los científicos que hacen la arqueología de las prácticas médicas están seguros de que ya existían en las remotas primeras civilizaciones humanas, como la egipcia por ejemplo. Claro, no es algo que pueda ser comprobado sino solo teorizado, al igual que el conocimiento que actualmente se tiene de estos seres o entidades biológicas acerca de las cuales lo único cierto son los devastadores efectos que producen sobre la salud vegetal, bacterial, animal o humana.

Podemos decir entonces que el campo de conocimiento sobre los virus está construido como un discurso: sabemos más sobre como operan los discursos que sobre como operan los virus. Y el discurso científico sobre los virus, como cualquier otro discurso, tiene la característica de ser una práctica, de inducir prácticas, de producir sujetos a esas prácticas. Prácticas que se desarrollan en laboratorios, consultorios médicos, hospitales, y agencias estatales y privadas de investigación básica o aplicada; un ministerio de salud también es un lugar donde se producen discursos y prácticas discursivas, es decir, dispositivos de saber-poder. A la vez, estos dispositivos tienen una legitimidad y autoridad social sobre la población que emana del hecho de que son considerados portadores de una verdad científica.

Por eso llama la atención en la actual situación epidémica que transita la Argentina por estos días con relación al virus del dengue el silencio de estos dispositivos (silencio en algunos casos deliberado y en otros, producto de relaciones de poder que los silencian). Los medios de comunicación, en particular la televisión, hablan del virus y la epidemia pero lo hacen no como discurso científico sino periodístico, lo que implica dos cuestiones: por una parte no tienen la legitimidad científica, y por el otro están estructurados en función de intereses comerciales, económicos y políticos que nada tienen que ver con la prevención y la salud social. Llama la atención que los legisladores no quieran tratar el tema ni adoptar medidas adecuadas o aconsejadas por la experiencia médica nacional e internacional, y que también prefieran acallar su discurso, justo ellos, que viven de producir discursos. Esto no ocurre en otros países del mundo cosa que se puede verificar, por ejemplo, haciendo una recorrida por Internet, e incluso verificar personalmente –como puede verificarlo yo mismo- viajando por ejemplo a Brasil. Allí, una insistente y pedagógica propaganda televisiva del Ministerio de Salud alerta, informa, educa, advierte, y aconseja sobre como evitar contagiarse de dengue o qué hacer si uno se contagia (recién hoy, a dos meses de iniciada la expansión del dengue apareció en Argentina un spot publicitario en televisión).

Me llama la atención lo que ocurre en la Argentina, aunque no estoy en condiciones en este momento de poder avanzar una explicación acerca de por qué quienes tienen poder, con su omisión, se convierten en cómplices de un ser que no sabemos si está vivo o no-vivo (el virus del dengue) y de un mosquito que vaya a saber uno por qué tiene la singular propiedad de propagar el dengue sin sufrir ninguna consecuencia. Por eso enuncio esta extraña situación bajo el título de “Dengue y argentinidad”, y como yo defino la argentinidad como una forma de gobernar los “cuerpos” y las “almas” de los argentinos, no me queda más remedio que sugerir que el silencio del poder sobre la epidemia del dengue tiene que ver más con la producción y reproducción de una forma particular de ejercicio del poder que con una forma general de producción y reproducción de un virus.

Habrá que ponerse a pensar, entonces, en la relación entre dengue y argentinidad y quizás poner la mirada en otro lugar, no en aquella que mira hacia el poder sino en aquella que mira hacia las resistencias al poder. No hay prácticamente resistencias activas de la sociedad a esta forma “virósica” de ejercicio del poder en la Argentina. Entonces, ahora comienzo a entender un poco por qué quienes tienen que hablar no lo hacen, es que sencillamente nadie los hace hablar. Y si nadie los hace hablar, entonces hablarán pero solo de aquello que les interesa por estos días, las elecciones, es decir, el “vector” que la clase política tiene para reproducirse. Como el virus del dengue y como la argentinidad.




viernes 17 de abril de 2009

Jose Maria Ramos Mejia: Las multitudes argentinas


El 7 de noviembre de 1878 Domingo Faustino Sarmiento publicó en el Diario “El Nacional” un artículo de su autoría en el que presentaba en sociedad a un joven estudiante de medicina, José María Ramos Mejía nacido en Buenos Aires el 25 de diciembre de 1849, que acababa de publicar su primer libro: “La neurosis de los hombres célebres en la historia argentina”. Para Sarmiento el futuro fundador de los estudios psiquiátricos en la Argentina debía ser considerado como el continuador de sus ideas escritas y fundamentadas en clave científica. Con semejante aval celebraron la publicación del libro todos los intelectuales de la época que para ese entonces eran fervorosos partidarios de la fusión entre ciencia natural y sociología, tomando como referentes a Charles Darwin y al sociólogo inglés Herbert Spencer.

La sociología argentina nacía dentro de la matriz positivista que consideraba que “así como en la naturaleza en la sociedad”, fundando lo que se conoció como “biología social”. Brevemente, la sociedad debía ser considerada para todos los fines de estudio como un organismo vivo, no como una metáfora productiva, sino como un hecho social científicamente comprobado. De igual modo, así como los organismos vivos “evolucionaban” siguiendo patrones establecidos por las “leyes de la adaptación al medio y la selección natural”, consideraban que lo mismo ocurría tanto con las sociedades como con los individuos: la labor de los sociólogos consistía en aplicar los métodos de la ciencia natural al estudio de la sociedad.

Por ejemplo: si los seres vivos tenían un órgano conductor como el cerebro, las sociedades tenían una “clase directora” que era, naturalmente quien debía “mandar”… ¿sobre quienes? Sobre las clases trabajadoras, es decir, en su marco interpretativo de los “músculos” de la sociedad. De igual modo, así como existían especies muy evolucionadas y otras muy primitivas, lo mismo ocurría con las sociedades y con los individuos que la conformaban: existían entonces “superiores” e “inferiores”, los primeros mejor adaptados al medio por la selección natural y los segundos menos adaptados o incluso inadaptados o inadaptables para convivir y coadyuvar al “progreso indefinido de las sociedades” (correlato social de la ley de evolución de las especies). La “civilización” y la “barbarie” tal como las había definido Sarmiento ahora podían ser explicadas en términos de “razas superiores” y “razas inferiores” definidas según “la sangre” (la sangre blanca era superior a la indígena, negra o mestiza) y según su capacidad de adaptación al medio (es decir de la sociedad moderna capitalista).

Ramos Mejía se convirtió rápidamente en una figura pública de enorme relevancia en la Argentina e, incluso, en los círculos académicos europeos. En 1880 fundó el Círculo Médico Argentino; en 1887 se hizo cargo de la Cátedra de Patología Nerviosa del Hospital San Roque (hoy Hospital Ramos Mejía) abocada a la investigación y producción de materiales sobre la degeneración, las neurosis y las enfermedades mentales, que luego fueron publicados en la revista Estudios Médico-Forenses. Sucesivamente, fue Vicepresidente de la Comisión Municipal de Buenos Aires (1882), promovió la creación de la Asistencia Pública y fue su primer director (1883); entre 1893 y 1899, fue presidente del Departamento Nacional de Higiene y de la Inspección Sanitaria del Puerto, de los servicios de limpieza de las aguas y del Instituto de Bacteriología; reglamentó el ejercicio de la medicina y el de la farmacia, al ordenar la redacción del Codex Medicamentario. Fue diputado nacional por tres períodos consecutivos. Entre 1908 y 1913 fue presidente del Consejo Nacional de Educación con “la suma del poder público” para implementar lo que denominó como “educación o cruzada patriótica”. Publicó numerosos libros, entre ellos, La neurosis de los hombres célebres de la historia argentina; La locura en la historia; Rosas y su tiempo; A martillo limpio: estampas y siluetas repujadas; La locura en la historia, y su obra principal: Las multitudes argentinas.

El libro Las multitudes argentinas es un magistral ejemplo sobre cómo hacer un análisis sociológico e histórico haciendo uso de la metodología positivista y al mismo tiempo para extraer sus limitaciones. Lo mejor del libro son sus descripciones, haciendo un detallado y minucioso uso de fuentes documentales, tanto periodísticas como académicas, históricas y científicas, cuya perspectiva es netamente sociológica. Sin embargo, las explicaciones que el autor deduce de esas descripciones adolecen del vicio de la extrapolación lisa y llana del funcionamiento del “mundo natural” en el “mundo social”. A la vez, el uso recurrente de términos y categorías “científicas” encubre un discurso que propone al mismo tiempo que defiende un orden social “natural” cuya estructura coincide con el orden social vigente en la Argentina de fines del siglo XIX y principios del XX.

Es cierto que una de las propuestas más audaces del texto consiste en mostrar el protagonismo excluyente de las “multitudes” como hacedoras de la historia nacional, pero es precisamente ese protagonismo popular el que explica las recurrentes crisis políticas y los obstáculos para el progreso y la civilización del país. Para Ramos Mejía los argentinos somos como somos porque así nos hizo el protagonismo de la multitud. Por lo menos desde la época colonial hasta fines del siglo XIX la Argentina contemporánea a Ramos Mejía habría encontrado su rumbo precisamente por el desplazamiento de la multitud en la dirección política de la sociedad por una elite dirigente o clase directora (a la que el mismo Ramos Mejía pertenecía) que se habría convertido en “sujeto de la historia”. Este cambio trascendental es mostrado como el producto de la “anarquía” que destruye el orden político-social heredado de la Colonia, incluyendo a su “pusilánime y afeminada” clase directora, y a la renovación “racial” que la inmigración extranjera (excluyentemente la italiana) producía en las clases populares, volviéndolas dóciles y disciplinadas en torno a la cultura del trabajo.

No queda claro de la lectura del libro cómo surgía una nueva clase directora, aunque se deduce que lo que marca la diferencia es la función directiva que asumen los grupos de intelectuales, científicos, y letrados (los que precisamente organiza Ramos Mejía desde el aparato estatal) en el proceso de organización ético-cultural de la sociedad argentina tal como lo habían soñado pero nunca podido llevar a la práctica los jóvenes de la “generación de 1837”. Tampoco queda claro como operaba y sobre quienes el “crisol de razas” al que se refiere el autor, ya que claramente diferencia dos grandes grupos en que la inmigración dividía a las clases y razas “inferiores” (los trabajadores) en una nativa (gauchos) y otra extranjera (obreros), al punto de afirmar que los “nativos” pasaban a ser superados –en todo sentido- por los extranjeros acriollados. Aquí es donde el discurso supuestamente “objetivo y científico” del ilustre positivista argentino hace agua, no solo por las limitaciones de su matriz interpretativa sino también por la omisión en su análisis de sucesos históricos tales como la enorme difusión del anarquismo entre los trabajadores inmigrantes, las excepcionales condiciones de explotación de la fuerza de trabajo tanto obrera como rural, y las crisis recurrentes que afectaron tanto en términos políticos como económicos y sociales a la “clase directora” de su tiempo (por ejemplo se omite la “Revolución de 1890”, la crisis política de 1904 y el ocaso del roquismo, y la gran crisis política del Centenario) allí donde Ramos Mejía solo registra “paz y administración” y “orden y progreso”.

Si Carlos Octavio Bunge es el “arquitecto” de la argentinidad, José María Ramos Mejía es su “ingeniero”: diseñador de dispositivos de saber-poder, sus maquinas sociales argentinizadoras dotaron a las prácticas discursivas de Bunge de las prácticas no-discursivas necesarias para producir efectos performativos sobre la subjetividad de la naciente clase media argentina a la que ambos consideraban como la emergente y definitiva “nueva raza argentina”.

jueves 16 de abril de 2009

¿Como funciona la TV?

Es un hecho sociológico que la televisión es quizá, el más formidable medio de disciplinamiento y control social contemporáneo. No es que el cine o la radiofonía no lo hayan sido en el pasado o quizás sigan siéndolo en el presente, pero una vez aparecida la televisión ya no pueden competir con ella.

Este dispositivo de poder moldea conductas, “conduce conductas”, hace ver, hace escuchar, hace pensar, y hace-hacer, a escala social, configurando la totalidad de la estructura de producción y consumo no sólo de cosas materiales sino de representaciones sobre las cosas materiales. En otras palabras, es una máquina creadora de efectos masivos, persistentes, insistentes, y totalizadores, de realidad; y como plantea Pierre Bourdieu, no sólo de efectos de realidad sino también, y principalmente, de efectos sobre la realidad.

Sin embargo, los efectos de poder que produce el dispositivo no son unívocos ni irreversibles. El dispositivo no crea sujetos, sino que produce subjetividad, lo que en todo caso significa que produce sujetos-sujetados a un campo posible de acciones. No dice lo que el individuo “tiene que hacer” sino “entre que opciones el individuo puede optar”, conformando un campo delimitado de reglas y procedimientos para elaborar juicios, orientar sus prácticas, y delimitar el campo discursivo de “lo que existe”, “lo que es bueno”, y “lo que es posible” (y todos sus contrarios), normalizando conductas, clasificando a los individuos, inscribiendo en los cuerpos modos y formas de ser-hacer adecuadas a la reproducción del orden social. De modo que el principio de selección consiste en la búsqueda de lo sensacional, de lo espectacular.

La televisión incita a la dramatización, en un doble sentido: escenifica, en imágenes, un acontecimiento y exagera su importancia, su gravedad, así como su carácter dramático, trágico… de hecho, paradójicamente, el mundo de la imagen está dominado por las palabras. Este enfoque teórico problematiza entonces la relación entre sociedad, televisión (como dispositivo de saber-poder) e individuo, de modo que estas vinculaciones resultan contradictorias al generar, más que visiones del mundo, interpretaciones sobre las visiones del mundo que son transmitidas a través de la pantalla.

Siguiendo a Pierre Bourdieu, propongo pensar el dispositivo televisión como una máquina cultural que produce efectos de realidad y efectos en la realidad, en el registro de la producción simbólica. En esta dirección, no pensamos la televisión como artefacto que produce un reflejo de la realidad ni como molde a partir del cual se producen sujetos, sino como creador de realidad y, por consiguiente, configurador del campo de acciones posibles de los individuos en tanto sujetos-sujetados a un orden social simbólico. De modo que lo que la televisión hace es crear determinadas condiciones de posibilidad para la (re) producción de formas de subjetividad.

La televisión como productora de realidad no es, entonces, un dato reciente o un hecho novedoso, sino su principio constitutivo. Lo que tiene una genealogía son las formas en que el dispositivo televisión (estrechamente ligadas a los desarrollos tecnológicos asociados a su historia) potencia su capacidad de producir realidad.

De modo que la frase de sentido común “la televisión refleja la realidad” no solo está equivocada sino que en todo caso ocurre lo inverso: la realidad (sea lo que sea que entendamos por realidad) refleja lo que la televisión muestra, trastocando la vida en un simulacro.

miércoles 15 de abril de 2009

Epidemia Dengue en Argentina (I)


El termino dengue se originó en América en el periodo 1827-1828 a raíz de una epidemia en el Caribe que causaba artralgias y exantema. Los esclavos provenientes de África identificaron a esta entidad patológica como dinga o dyenga, homónimo del swahili “Ki denga pepo” que significa ataque repentino (calambre o estremecimiento) provocado por un espíritu malo.

En 1881, el cubano Carlos J. Finlay informó su descubrimiento del mosquito Aedes Aegypti como agente transmisor de la fiebre amarilla abriendo el camino para el estudio de otras enfermedades transmitidas por vectores. Bancroft en 1906 publicó las primeras evidencias de que el Aedes Aegypti era también el vector de la fiebre por dengue. Esto fue confirmado posteriormente por Agramante en 1908 y por otros investigadores hasta Simons en 1931.
Tal como ocurre con la fiebre amarilla, el dengue no es transmitido por el contacto directo de una persona sana con un enfermo o con sus secreciones, sino a través de un tercer elemento, llamado vector, el Aedes Aegypti, y de este mosquito infestado se obtuvieron los cuatro serotipos del virus del dengue. Se cree que este mosquito es una especie europea o africana que llegó al hemisferio occidental al principio de las exploraciones y de la colonización de América. En esta región ha existido en todos los países y territorios con la excepción (hasta hoy) de Canadá, Chile y Uruguay.

La principal característica del mosquito es su carácter doméstico, se reproduce en recipientes artificiales en cualquier hábitat humano o en los alrededores de éste; está difundido prácticamente por todo el planeta aunque generalmente dentro de los límites de los 45° de latitud norte y los 30° de latitud sur. Aunque se sabe que traspasan estos límites, estas poblaciones probablemente se introducen durante las estaciones de calor pero no sobreviven los inviernos. De todos modos, el Aedes Aegypti se ha encontrado en sitios más altos y fríos: en el pasado las áreas infestadas estuvieron a una máxima altura de 1.200 metros. En fecha más reciente el mosquito se ha encontrado en Colombia a una altura de 2.200 metros en un sitio donde la temperatura promedio era de 17°C. La capacidad el mosquito para adaptarse a nuevos ambientes y altitudes quedó demostrada al producirse un brote epidémico de fiebre por dengue en Taxco, Estado de Guerrero, México, en 1988, a una elevación de 1.700 metros sobre el nivel del mar.

Los recipientes artificiales son en gran medida los más importantes lugares de cría y son esenciales para la producción y conservación de grandes poblaciones del mosquito-vector. Aunque éstos también se reproducen en huecos de árboles y posiblemente en otras cavidades naturales con agua acumulada, la inmensa mayoría surge en los neumáticos, cubos, vasijas con agua, latas, floreros, pomos, canales de techos, y cualquier objeto hecho por el ser humano que pueda retener agua y que no esté rodeado de tierra por sus costados. Algunos recipientes son más atractivos que otros: a las hembras del vector les atraen los recipientes de colores oscuros con cuellos (bocas) anchas, especialmente cuando se encuentran a la sombra. El agua oscura y la presencia de hoyas en descomposición estimulan la postura de huevos, pero evitan los recipientes muy contaminados y con olores.

La intensidad de la transmisión está en relación con la abundancia de mosquitos Ae. Aegypti en presencia de los virus del dengue en portadores humanos. Estos mosquitos viven dentro y alrededor de las casas, en criaderos naturales o artificiales. Se ha considerado tradicionalmente que el radio de vuelo de la hembra adulta es de 100 metros. Este mito ha sido cuestionado por Reiter y colaboradores quienes demostraron que, en una zona urbana, la actividad de oviposición en un solo ciclo gonotrófico duraba varios días y cubría un área de 420 metros de radio. La susceptibilidad del mosquito a infectarse oralmente con los virus del dengue está asociada a la barrera intestinal. Su capacidad intrínseca de adaptación y su competencia como vector tienen una base genética. Las variaciones en su competencia tienen gran importancia epidemiológica y pueden explicar algunas diferencias en los patrones de distribución geográfica.

El virus se puede encontrar en la sangre de una persona después de los cinco o seis días de haber sido picada por un mosquito infectado, lo cual coincide aproximadamente con el tiempo en que los primeros síntomas de la enfermedad se desarrollan (período de incubación). A partir de este momento, y durante los próximos cuatro o cinco días, la persona está infectada para el vector que la pique. Después de un período de incubación de 2 a 15 días, generalmente de 8 a 11 días, la hebra de Ae. Aegypti es portadora del virus del dengue y continúa infectada por el resto de su vida, con la posibilidad de transmitir la infección cada vez que pique a un nuevo ser humano. El ciclo humano-mosquito-humano constituye el ciclo endémico-epidémico. No hay ningún otro huésped significativo que actúe como reservorio del virus, aunque se conoce que existen algunas especies de monos que son susceptibles a los virus del dengue.






Bibliografía consultada: Martínez Torres, Eric, Dengue y dengue hemorrágico, Universidad Nacional de Quilmes, 1998.

Gran Hermano (TV): sociologia del cuerpo

La argentinidad inscripta en el cuerpo. Análisis sociológico del reality show “Gran Hermano”.
Doctor Luis García Fanlo

A partir de una elaboración teórico-conceptual acerca de la producción social del cuerpo, y de una descripción socio-histórica sobre las formas en que las prácticas gubernamentales y sus dispositivos disciplinarios panópticos asociaron la producción del cuerpo con la argentinidad, el documento analiza y reflexiona sobre la actualidad de las políticas del cuerpo. Estas políticas ahora parecen localizarse en dispositivos de control sinóptico, que serían aquellos que acoplan la televisión, Internet, la telefonía celular móvil y la realidad virtual, reconfigurando los modelos sociales sobre el cuerpo y la argentinidad. Finalmente, se especifican los fundamentos por los cuales se adopta al programa de televisión “Gran Hermano” como la base empírica para estudiar como el sinóptico produce nuevos cuerpos argentinos.



The Argentinity marked on the Body. The televisions show “Big Brother”.
Ph.D. Luis García Fanlo

Here we analyze and think over today’s politics of the body. We stand from a theoretical-conceptual elaboration about social production of the body and a socio-historical description on the ways in which governamentality practices and their disciplinary devices associated the production of the body with Argentinity. Nowadays, these politics appear to be located in synoptic control devices like television, internet, mobile phones and virtual reality, resulting in the reconfiguration of social body and Argentinity models. Finally, we define the television show “Big Brother” as an empirical ground to study how the synoptic produces new Argentinean bodies.

lunes 13 de abril de 2009

Critica Libros: "El devorador y otros cuentos de Horror" (Claudio Garcia Fanlo)


Los géneros literarios definen un conjunto de reglas narrativas (forma) y una diversidad de argumentos (contenidos) que ponen en juego la capacidad creativa del escritor para literalmente atrapar al lector en un relato. Un cuento de “horror” bien escrito sería aquel en que el escritor logra producir un efecto de realidad en el lector más allá de que el contenido argumental remita a situaciones ficcionales asociadas a lo “fantástico”. Es decir, tiene que lograr que lo ficcional (por más fantástico que parezca) tenga “verosimilitud”, sea creíble, a punto tal de provocar en el lector angustia, miedo, zozobra, incertidumbre, y esa misteriosa sugestión que hace que después de haberlo leído algo de la “realidad” cotidiana vuelva a evocarnos esa sensación o sentimiento de inquietud. Si el “terror” remite al “miedo”, el “horror” va más allá, ya que implica otros significantes tales como “aversión”, “odio”, “repulsión”, y en una dosis deformada por lo desproporcionado.

El libro “El devorador y otros cuentos de horror” de Claudio García Fanlo nos ofrece un conjunto de relatos de cuidada elaboración en los que se conjugan la técnica que domina la forma del género y la creatividad argumental que colma de originalidad sus contenidos. Pero además, en el caso de “El devorador…” no se trata simplemente del dominio general del discurso de horror sino de la pretensión, más que lograda, de ser original asumiendo como propio el estilo de uno de los fundadores del género, el genial H. P. Lovecraft. Es decir, no se trata de particularizar un universal (escribir un cuento de horror según las reglas universales del género) sino de singularizar un particular (escribir un cuento de horror según el estilo de Lovecraft y, a la vez, no imitarlo cual si fuera un simulacro o una repetición, sino hacerlo de manera “diferente”).

Y una de esas diferencias es que los cuentos transcurren por las calles, los bares, las pizzerías, las plazas, y los negocios de nuestra ciudad de Buenos Aires, con personajes “porteños” –comunes y corrientes- que de repente, inesperadamente, se ven envueltos en situaciones “de horror” que estamos acostumbrados a imaginar en castillos de Transilvania o en casonas de la vieja Europa. De repente, lo absurdamente sobrenatural se encarna en los barrios y los personajes de Buenos Aires y la imaginación se ensancha con un escenario de argentinidad que refuerza el efecto de verosimilitud.

En suma, recomiendo a quienes gustan del género y también a aquellos que le son esquivos que lean estos cuentos de horror que nos propone Claudio García Fanlo. Y después me cuentan. Buenos Aires ya no será la misma para los que se atrevan a conocer sus horrorosos misterios nunca antes contados.

Claudio García Fanlo, “El devorador y otros cuentos de horror”, Buenos Aires, Dunken, 2009.

domingo 12 de abril de 2009

Nuestra Patria: Defensa de Tesis Luis Fanlo

En vista de que la publicación de mi libro está encerrada en los laberintos del mercado editorial, y dado que muchos amigos, compañeros, colegas, familiares, estudiantes, quieren tener algún avance sobre el texto, les transcribo lo que fue mi exposición ante el Jurado Académico de mi Tesis de Doctorado. Aquí se expone un resumen ampliado que describe en qué consistió mi investigación, como problematice el objeto de estudio, y cuales son los principales aportes tanto teóricos como metodológicos que puse en juego. No es el libro, no adelanta partes del libro, pero es su matriz. Esta exposición se realizó el día 11 de diciembre de 2007 en acto público del que participaron el Jurado, compuesto por los Doctores Mario Heler, Ricardo Costa y Susana Murillo, mi Director de Tesis el Doctor Federico Schuster, el Secretario de Posgrado de la Facultad de Ciencias Sociales Doctor Pablo Alabarces, y un nutrido grupo de amigos, colegas, estudiantes y familiares que se hicieron presentes. El tema de la Tesis: “Nuestra Patria. La producción de la argentinidad como régimen de verdad y la educación patriótica escolar en el discurso de Carlos Octavio Bunge (1890-1914)”.


¿Cómo somos los argentinos? ¿Por qué somos como somos? Estas preguntas fueron las que inicialmente motivaron la escritura de mi tesis, y también fueron las preguntas que se hicieron, entre fines del siglo XIX y principios del XX, intelectuales como Carlos O. Bunge. Estas preguntas se han convertido en tópicos del sentido común, se han ensayado decenas de respuestas pero ninguna parece dejar despejada la incógnita. El sentido común de los argentinos ha naturalizado la falta de respuestas convincentes utilizando las preguntas como respuestas. ¿Cómo somos los argentinos? Somos como somos. ¿Por qué somos como somos? Porque siempre fuimos así.

Quizá la primera conclusión que puede establecerse con mi tesis es plantear que los argentinos no somos como somos y que no siempre fuimos así. Qué no hay un “ser argentino” sino que el modo y forma de ser de los argentinos es el resultado de una producción de saberes y verdades que, a lo largo del tiempo, nos hicieron de tal modo de asegurar nuestra gubernamentalidad.

La argentinidad no existe y nunca existió, sin embargo, ese inexistente se convirtió en algo incrustado en lo real moldeando todo un sistema de prácticas y un conjunto de regímenes de experiencias y disposiciones para la acción.

La argentinidad fue inventada no para reflejar a los argentinos tal como éramos o somos, sino para mostrarnos que nunca llegábamos a ser lo que debíamos ser. Y a partir de esa invención, a lo largo de la historia, los argentinos de carne y hueso fuimos objeto de un conjunto de saberes y prácticas para corregirnos, para que dejemos de ser lo que éramos y somos y nos convirtiéramos en otra cosa. Esa otra cosa no consistía en hacer de argentinos “imperfectos” argentinos “perfectos”, sino nada más y nada menos que argentinos “gobernables”.

Hacer a los argentinos gobernables, es decir, totalmente adaptados a las condiciones particulares del orden capitalista argentino, con sus relaciones sociales de poder, dominación y explotación. Y cada vez que parecía alcanzarse el objetivo, la estructura social se modificaba así como las formas particulares del capitalismo en recíproca interrelación. Una vez más reaparecía el problema, se reactualizaban viejos discursos y aparecían nuevos, recomenzando la necesidad de inventar y fabricar un “nuevo argentino” y una “nueva argentina” la que esta vez, sí, sería la definitiva.

Los discursos positivistas se inscribieron en esta genealogía como un momento de esta continuada ingeniería social, y el estudio de sus condiciones de aparición, de existencia y de posibilidad constituyó el objetivo que intenté explorar. Lo hice a partir de uno de los tantos discursos positivistas que hegemonizaron el campo intelectual argentino entre finales del siglo XIX y principios del XX, el que personificó durante su trayectoria el sociólogo Carlos O. Bunge.

La elección del discurso bungeano para abordar la producción de la argentinidad se fundamentó en ciertas particularidades de sus prácticas discursivas que significaron una problematización muy diferente a la elaborada por otros agentes sociales de su época.

En primer lugar, Bunge enunció el problema político que su discurso pretendía resolver de una manera consistente con la preocupación por hacer gobernable la Argentina cuando, en la línea inaugurada por Juan B. Alberdi con su conocida consigna de “gobernar es poblar”, resumió los efectos de poder que pretendía generar con su sociología en la consigna “gobernar es educar”. Explicó que no se trataba de modificar la consigna alberdiana porque ésta estuviera errada, sino porque ya no daba cuenta de las nuevas formas sociales que la modernización capitalista y la gran inmigración habían dado a la sociedad argentina.

Modernización e inmigración habían sido las consignas apropiadas para orientar el progreso argentino en las condiciones sociales vigentes en la primera mitad del siglo XIX. Pero ya modernizado y poblado el país, era tiempo de proponer un reencauzamiento social a gran escala que hiciera posible resolver los nuevos problemas que esa modernización y esa inmigración habían generado como efectos no deseados.

En segundo lugar, sí para Bunge gobernar era educar debía encontrar en el saber científico, ese poderoso producto de la modernidad, los fundamentos positivos de un tipo particular de gobierno y de una forma particular de educación que hiciera posible que la civilización no produjera, subsidiariamente, la barbarie. A diferencia de Sarmiento, que oponía civilización y barbarie, Bunge interpreta que toda forma de civilización provoca formas asociadas de barbarie, una barbarie que ahora podía ser explicada científicamente como degeneración, la gran contratendencia natural de la evolución, y como “lucha de clases” reverso también natural de la necesaria y lógica lucha por la existencia.

Si para Sarmiento gobernar era civilizar, y para Alberdi gobernar era poblar, el significado que Bunge asignaba a “gobernar es educar” suponía más que una ruptura con sus antecesores una actualización en la que había que poner en juego instrumentos y saberes nuevos que proporcionaban las ciencias biológicas y naturales para explicar lo social. “La política es biología aplicada”.

Gobernar consistía, para Bunge, en lograr que el organismo social se reprodujera en forma coordinada y armónica, lo que presuponía que todas las funciones y lugares sociales eran útiles y necesarios para asegurar la existencia del conjunto orgánico. Pero, aclaraba, así como el individuo posee un organismo físico y un organismo psíquico también las sociedades debían tener una estructura psicológica. La originalidad de Bunge no consistió en llegar a esta conclusión, otros positivistas argentinos también lo hicieron, sino en explicar que el gobierno de los cuerpos no podía escindirse del gobierno de las almas y que el método científico para gobernar almas era la educación.

Pero no una educación como la de Sarmiento ó como las que proponían otros pedagogos, positivistas y no positivistas de la época, que buscaban producir cuerpos dóciles al trabajo ó a la ciudadanía, sino una educación moral, entendiendo por moral un modo y forma de ser que, a la vez que adaptara a los individuos para el lugar de clase que la naturaleza les había asignado los hiciera sujetos regenerables, que pudieran progresar individualmente sin que ese progreso se contrapusiera al interés general del cuerpo social.

En suma, que hiciera que todos los sujetos fueran felices y que esa felicidad individual redundara en una felicidad social, armónica, sin otra interferencia que la que imponían las leyes de la biología social.

En tercer lugar, porque siendo un intelectual que defendía el orden social, con sus jerarquías y desigualdades constitutivas, entendió que ningún orden social está libre del cambio social y que por lo tanto la mejor defensa de la sociedad contra el desorden consistía en reformar el orden conservadoramente, es decir, reformarlo según las leyes científicas de la evolución y la adaptación. “Evolución y no revolución”.

Pero fue aún más lejos al considerar que si la sociedad estaba naturalmente dividida en individuos, razas y clases superiores e inferiores, la desarmonía social no podía ser imputada a los inferiores sino a la responsabilidad exclusiva de los superiores. Por lo tanto, si los inferiores debían ser educados para obedecer, los superiores debían ser educados para mandar. El mando, el poder de mandar, no era una facultad para ser ejercida irresponsable o arbitrariamente, sino que debía ajustarse a las leyes estrictas del organicismo social. De lo contrario, la “clase directora” degeneraría, y al degenerar produciría la degeneración del conjunto del cuerpo social trayendo la ruina y la decadencia.

Estos tres registros resultan fundamentales para poder interpretar no sólo la trayectoria de Bunge como agente social, sino también el tipo de prácticas discursivas que desarrolló, las formas en que esas prácticas discursivas tuvieron un alto grado de aceptación social y autoridad legítima dentro del campo discursivo de la época, y lo que más interesa a mi propósito, los efectos de poder en el orden de la gubernamentalidad que dichas prácticas discursivas tuvieron sobre la sociedad argentina, independientemente de que la clase dominante recusara sus propuestas, criticara sus métodos, y finalmente lo olvidara.

Sin embargo, sostengo que la forma de gubernamentalidad propuesta por Bunge, mediada por diversas dispersiones, reapropiaciones y reactualizaciones producidas en las décadas posteriores a su muerte, funcionó como condición de posibilidad para la aparición del discurso y la práctica de la conciliación de clases. Insisto en que ése sería el principal efecto de poder producido por el discurso bungeano.

En forma concomitante, otro importante efecto de poder puede ser adjudicado a las prácticas discursivas de Bunge. Me refiero a los efectos de producción de subjetividad que, a través del sistema educativo escolar y del dispositivo familiar, conformaron un conjunto de valores, creencias, visiones del mundo, y disposiciones para obrar que se convirtieron en el sentido común de una argentinidad cuya superficie de emergencia fue la clase media argentina.

Es importante dejar en claro que la argentinidad bungeana no opera sobre una clase media ya constituida, sino que penetra los cuerpos en el proceso mismo de su subjetivación. Ambos procesos emergen simultáneamente y luego se van reproduciendo mutuamente: el discurso hace a la clase media al mismo tiempo que la clase media hace al discurso. “Ser argentino” es ser o llegar a ser de clase media.

Por lo tanto, ambos efectos de poder son parte de un único y mismo proceso de subjetivación. Si el discurso bungeano es condición de posibilidad para la aparición de la conciliación de clases como un modo y forma particular de ser-hacer en el mundo argentino, es porque la clase media argentina hizo de la conciliación de clases su particular modo de ser-hacer en su mundo argentino. “Ser argentino de clase media” es conciliar la lucha por la existencia individual con el mayor grado posible de armonía social.

Intentar demostrar estas dos hipótesis constituye la principal línea de continuidad que habilitaría futuras investigaciones basadas en los presupuestos expuestos en mi tesis. Para sistematizar esas condiciones de posibilidad de futuras investigaciones resulta conveniente que en estas conclusiones exponga, someramente, los resultados obtenidos que operarían como la matriz de la problematización que propongo para su abordaje.

El problema podría ser enunciado de la siguiente forma: si para Bunge gobernar es educar, y educar es formar subjetividades: ¿Qué tipo de subjetividades son las requeridas para asegurar la gubernamentalidad argentina? ¿Por qué esas subjetividades y no otras? ¿Cómo es que Bunge abre las condiciones de posibilidad para un ejercicio del poder basado en la conciliación de clases? ¿Y por qué fue la clase media y no otra clase social la superficie de emergencia de ese discurso?

Sostengo que la clave interpretativa para despejar esta problematización se encuentra en tres modos de subjetivación que aparecen como una constante del discurso bungeano, durante toda su trayectoria, y que se articulan y se referencian mutuamente conformando una cadena de significación. Estos tres modos de subjetivación los he denominado como aspirabilidad, cultura del trabajo, y patriotismo escolar y los deduzco de lo que Bunge consideraba como el objetivo excluyente de la educación patriótica.

Los prácticas discursivas subjetivadoras bungeanas presuponen una teoría de la patria o discurso patriótico, una teoría de la división del trabajo social o discurso del culto al trabajo, y una teoría de la raza ó discurso de la aspirabilidad, todas ellas según Bunge fundadas en el conocimiento científico y el método positivista.

Y debían ser enunciadas de tal forma que fueran recepcionadas (asimiladas) por los enunciatarios como verdades naturalizadas. A Bunge no le interesaba, o no creía que a sus enunciatarios les interesara o que pudieran comprender las complejidades del saber científico-positivista. Le interesaba conducir conductas, disponer campos posibles de acción a sus enunciatarios, y que sea de forma tal que rápidamente fueran convertidas en sentido común.

Así, interpreto que el discurso patriótico le dice a los sujetos qué es lo que existe (la patria), que es lo bueno y lo verdadero (el trabajo), y que es lo posible y lo imposible (la aspirabilidad): patria, trabajo, y aspirabilidad constituyen la argentinidad.

El discurso patriótico de Bunge, enunciaba la representación colectiva de la sociedad en tanto cuerpo social, subsumiendo a las razas, las clases y los individuos. A la vez, el discurso sobre la cultura del trabajo, el culto al trabajo, era lo que la “patria” esperaba de los argentinos, y que conciliaba la “lucha por la existencia individual” con el bien colectivo social. La división del trabajo era el correlato social de la división de funciones de todo organismo vivo. Por fin, el discurso sobre la aspirabilidad establecía el fundamento de la reproducción armónica del organismo social que consistía en que las aspiraciones tienen límites naturales y que por lo tanto “aprender a aspirar” consistía en aceptar “ser el mejor en el lugar y la función en la que te tocó ser”.

El patriotismo escolar, la cultura del trabajo y la aspirabilidad eran las condiciones para el ejercicio de un poder productivo antes que represivo, de una política orientada a recuperar cuerpos antes que ha estigmatizarlos, excluirlos ó aniquilarlos. La patria era el interés general al cual debían subsumirse todos los intereses particulares, ya sean individuales, raciales ó de clase.

“La patria somos todos”, nos abarca a todos, nos hace iguales a todos, y al mismo tiempo, el trabajo y la aspirabilidad dejan un margen suficiente para que cada interés particular pueda desarrollarse sin alterar las leyes de la adaptación al medio y la selección natural. El genio debe convivir con el ignorante, la clase directora con el pueblo, y la raza superior con la inferior: lo que habilita esta armonía es la argentinidad compartida e inscripta en los cuerpos.

Si para Bunge la Argentina tiene, naturalmente, un destino de grandeza asignado en el concierto de las naciones, y por lo tanto, un liderazgo que ejercer, esta grandeza dependerá del grado en que los argentinos asimilen el patriotismo escolar, la cultura del trabajo, y la aspirabilidad. Y, al mismo tiempo, si la patria es grande y poderosa, tendrá garantizado un progreso indefinido y grados cada vez más elevados de civilización que redundarán en el éxito y la felicidad de todos y cada uno de quienes habiten el país.

Esta interpelación al éxito individual y colectivo, traducido en términos de las expectativas de movilidad social coincidió con las motivaciones que traían los inmigrantes al llegar a la Argentina. Trabajar, “hacerse la América”, progresar, aspirar a más, tanto para ellos como para sus hijos.

Por otra parte, Bunge se las ingenió para que su prédica, casi pastoral, sobre el futuro de grandeza que se abría a los inmigrantes les llegara en diversas formas accesibles a su entendimiento. De modo que se justificaba, por ejemplo, el uso de ficciones patrióticas en un texto escolar, ó la escritura de obras literarias, de teatro, ó de artículos en revistas de circulación masiva, ó el recurso en los textos científicos al uso de formas narrativas propias del naturalismo ó el realismo literario, ó el uso de la práctica judicial o de un texto legal, como el código de trabajo, para ejemplificar y divulgar la moral argentina.

Otro aspecto del discurso bungeano que rápidamente fue asimilado por la nueva clase media hecha cuerpo en los inmigrantes y sus hijos, fue la crítica a los políticos y a la política, lo que Bunge llamaba la “política criolla”, y a la estigmatización de la clase dominante como “parasitaria”. El trabajo, la aspirabilidad, el patriotismo, se mostraban como la antítesis de la política. No había que involucrarse en la política ni hacer política, porque hacerlo suponía un grave obstáculo al progreso individual.

En cuanto a las dispersiones y discontinuidades del discurso bungeano y sus efectos de poder en las décadas de 1930 y 1940, sostengo que fue posible ya que en ese período se produce una actualización del campo discursivo sobre la argentinidad organizado en los términos del discurso eugenésico. La nueva consigna será: “gobernar es poblar y educar… y también seleccionar”.

Dos discípulos de Bunge se encargarán de reactivarlo adecuándolo a la corriente eugenésica “positiva” (Bernaldo de Quirós) y la “negativa” (Manuel Zuloaga). Quirós fue presidente de la Sociedad Eugenésica Argentina y el Museo Social Argentino, dos dispositivos que tuvieron una gran influencia en el diseño de políticas públicas durante esas décadas; Zuloaga, desde el ámbito académico y la Dirección General de Migraciones, fundamentó desde el discurso antropológico las políticas sanitarias, migratorias y poblacionales. Ambos influyeron notablemente en el diseño del discurso católico y militar sobre la argentinidad.

Durante el gobierno peronista, el Estado adoptó como propias las prácticas discursivas de Zuloaga, al mismo tiempo que Quirós organizaba el discurso eugenésico del anti-peronismo. Con la caída del peronismo, la eugenesia positiva de Quirós se constituyó en la referencia obligada de las políticas migratorias, de salud, y educación tanto de los gobiernos civiles como militares. Ambos, reclamaban ser los legítimos continuadores del pensamiento de Bunge.

¿Cómo se conciliarían las clases? A la manera bungeana, en un nuevo y gran crisol de razas que subsumiría todas las clases en una única, homogénea, e indiferenciada “nueva raza argentina”.

En realidad, lo que hacían sin saberlo era mostrar que la vigencia de una formación discursiva reside en la capacidad de sus reglas para albergar contradicciones, que los autores son funciones de esas discontinuidades, y que la vigencia de un discurso sólo puede entenderse por su refracción en una positividad.

miércoles 8 de abril de 2009

Muros en el Gran Buenos Aires

Un Intendente del Gran Buenos Aires decide, cual señor feudal, que para proteger a sus súbditos clientelares hay que amurallar los límites de su feudo con un muro de concreto. Establece, como en aquellos tiempos medievales, una “marca” no solo en la tierra sino también en los cuerpos de todos aquellos que no pertenecen a su dominio.

La “marca” dice, como en los juegos escolares y los cantitos de la tribuna, que “De aquí para allá son todos… delincuentes”. En Gaza, un muro más famoso, dice “De aquí para allá son todos… terroristas”; en Berlín otro muro aún más famoso y que ya no existe decía “De aquí para allá son todos… burgueses”; y en Varsovia, hace algunos años, otro muro que tampoco ya existe proclamaba “De aquí para allá son todos… judíos”. Los chinos, mucho pero mucho tiempo atrás, hicieron un largo muro que tenía miles de kilómetros de largo que decía “De aquí para allá son todos… bárbaros”; y en el siglo XIX una zanja (que no es un muro pero que para la época equivalía a un muro) cavada en el corazón de la provincia de Buenos Aires decía “De aquí para allá son todos… indios salvajes”; último muro que traigo a la memoria, levantado por George W. en la frontera entre Estados Unidos y México, que aún grita “De aquí para allá son todos… hispanos”.

Construir muros para “defender la sociedad” es una vieja práctica que la historia ha confirmado una y otra vez que solo sirve para demostrar que la “civilización” que se amuralla ha dejado, hace tiempo, de ser una “civilización” y mejor aún, que sus días están contados. El chiste es que los que terminan encerrados por el muro no son los “delincuentes”, los “peligrosos”, los “pobres”, los “salvajes”, o los “bárbaros”, sino los que se autodenominan “gente decente” que en la creencia de ser buenos argentinos, bien derechos y bien humanos, terminan viviendo encerrados en un castillo feudal. No es bueno quedar encerrado en un castillo feudal.

Tengo malas noticias para los que construyen muros: los “bárbaros” siempre triunfan, y cuando triunfan no dejan piedra sobre piedra de la “civilización”. Los “bárbaros”, queridos ciudadanos del feudo de San Isidro, son millones y cada vez son más, y tienen muy claro que si ellos son bárbaros es porque ustedes son civilizados.




Ya lo dice la canción de Joan M. Serrat:




Disculpe el señor
si le interrumpo, pero en el recibidor
hay un par de pobres que
preguntan insistentemente por usted.

No piden limosnas, no...
Ni venden alfombras de lana,
tampoco elefantes de ébano.
Son pobres que no tienen nada de nada.

No entendí muy bien
sin nada que vender o nada que perder,
pero por lo que parece
tiene usted alguna cosa que les pertenece.

¿Quiere que les diga que el señor salió...?
¿Que vuelvan mañana, en horas de visita...?
¿O mejor les digo como el señor dice:
"Santa Rita, Rita, Rita,
lo que se da, no se quita...?"

Disculpe el señor,
se nos llenó de pobres el recibidor
y no paran de llegar,
desde la retaguardia, por tierra y por mar.

Y como el señor dice que salió
y tratándose de una urgencia,
me han pedido que les indique yo
por dónde se va a la despensa,

y que Dios, se lo pagará.
¿Me da las llaves o los echo? Usted verá
que mientras estamos hablando
llegan más y más pobres y siguen llegando.

¿Quiere usted que llame a un guardia y que revise
si tienen en regla sus papeles de pobre...?
¿O mejor les digo como el señor dice:
"Bien me quieres, bien te quiero,
no me toques el dinero...?"

Disculpe el señor
pero este asunto va de mal en peor.
Vienen a millones y
curiosamente, vienen todos hacia aquí.

Traté de contenerles pero ya ve,
han dado con su paradero.
Estos son los pobres de los que le hablé...
Le dejo con los caballeros

y entiéndase usted...
Si no manda otra cosa, me retiraré.
Si me necesita, llame...
Que Dios le inspire o que Dios le ampare,
que esos no se han enterado
que Carlos Marx está muerto y enterrado.

martes 7 de abril de 2009

Carlos Octavio Bunge


Para aquellos interesados en conocer más sobre Carlos Octavio Bunge, uno de los sociólogos positivistas argentinos de principios de siglo, les dejo un artículo de mi autoría que analiza críticamente la obra de este verdadero “arquitecto de la argentinidad”.



Sociología positivista y argentinidad en el discurso de Carlos Octavio Bunge (1875-1918) por Luis García Fanlo.


Resumen

El artículo presenta el marco conceptual utilizado por el autor en su Tesis de Doctorado en ciencias sociales donde aborda críticamente la genealogía del discurso de Carlos Octavio Bunge, uno de los principales referentes teóricos entre finales del siglo XIX y principios del XX, de la sociología positivista argentina. Durante ese período el campo intelectual abordó la tarea de producir un modelo bio-social que definiera la naturaleza de la “raza argentina”, constituyendo un conjunto de saberes que legitimaron y diseñaron las prácticas estatales de gobierno (educativas, sanitarias, criminológicas, psiquiátricas, y laborales). La hipótesis del autor postula que estas relaciones de saber-poder constituyeron prácticas discursivas modeladoras de una subjetividad funcional a un proyecto de gubernamentalidad que debía integrar en un “crisol de razas” a los argentinos nativos y a la población inmigrante, de cuya fusión surgiría la “argentinidad”, un nuevo sujeto social adaptado a las condiciones particulares del desarrollo capitalista argentino.


Abstract

The article presents the conceptual frame used by the author in his Thesis of Doctorate in social sciences where he approaches critically the genealogy of Carlos Octavio Bunge discourse, one of the principal theoretical authors between ends of the 19th century and beginning of the 20th, of the positivist Argentine sociology. During this period the intellectual field approached the task of producing a model biosocial that was defining the nature of the "Argentine race", constituting a set of knowledge that legitimized and designed the state practices of government (educational, sanitary, criminology, psychiatric, and labour). The hypothesis of the author postulates that these relations of knowledge-power constituted discursive practices to performing a functional subjectivity to a project of governmentality that had to integrate in a "melting pot" the native Argentinians and the immigrant population, of which merger would arise the "argentinidad", a new social subject adapted to the particular conditions of the capitalist Argentine development.





Sociología positivista y argentinidad en el discurso de Carlos Octavio Bunge
Sociología positivista y argentinidad en el discurso de Carlos Octavio Bunge

lunes 6 de abril de 2009

Foucault y la epistemología

La producción de conocimiento crítico en Ciencias Sociales, desde la perspectiva de Michel Foucault, se inscribe en un programa cuyos principios generales consisten en cuestionar los discursos científicos que operan maquínicamente reproduciendo el sentido común, las continuidades, las concepciones del mundo esencialistas, universalistas, substancialistas, las tradiciones, y la supremacía de lo mismo sobre lo diferente. Es decir, ante todo, una postura epistemológica que cuestiona radicalmente los universales como categorías dadas de una vez y para siempre, y pone el énfasis en la ruptura epistemológica.

Es que uno de los problemas más relevantes que deben afrontar las Ciencias Sociales consiste en no dejarse arrastrar por las mismas estructuras mentales que debería problematizar. De allí que Foucault haya sido reacio, e incluso refractario, de quienes buscaron encasillarlo en escuelas epistemológicas o quienes lo señalaron como fundador de una nueva epistemología.

La epistemología foucaultiana, en cambio, parte de cuestionar el estatus mismo de la epistemología al punto de propiciar una anti-epistemología, es decir, una resistencia a pensar el sujeto, el objeto, y las relaciones entre sujeto y objeto dentro de los moldes y estructuras vigentes. Esta posición epistemológica constituye el fundamento de una práctica teórica y metodológica consecuente, que postula el necesario carácter empírico de la investigación pero a condición de no atribuir a la realidad (la base empírica) un estatuto dado de externalidad y objetividad que existiría independientemente del sujeto de conocimiento. Esta postura implica no solo un distanciamiento de cualquier tipo de positivismo científico, sino también un cuestionamiento radical a considerar al sujeto como una categoría también dada de una vez y para siempre; en palabras de Foucault el sujeto “no es ni una sustancia ni un lodo, es una forma”. Cuestionamiento entonces de la realidad social como algo dado, como una sustancia o esencia, externa al proceso mismo de producción de conocimiento, pero también cuestionamiento a las objetivaciones del sujeto que implican distintos modos de subjetivación.



Sobre usos y aplicaciones del pensamiento de Michel Foucault en Ciencias Sociales
Sobre usos y aplicaciones del pensamiento de Michel Foucault en Ciencias Sociales

domingo 5 de abril de 2009

Encuestas y argentinidad

Hay un género de encuesta cuantitativa que se ha vuelto recurrente e insistente en los últimos años cuya temática interpela acerca de “¿Cómo somos los argentinos?”. Se supone que el resultado “refleja” lo que los argentinos pensamos de nosotros mismos. No acuerdo con esta creencia generalizada. Una encuesta es un dispositivo de saber-poder de carácter preformativo, es decir, produce sujetos sujetados a unas preguntas que por su forma ya inducen las respuestas que se recibirán. Se trata de preguntas enraizadas en el sentido común y que por lo tanto recibirán respuestas de sentido común, de modo que no “reflejan” sino que reproducen los discursos socialmente dominantes que se han naturalizado como “verdades”.

La argentinidad está estructurada como un régimen de verdad. La verdad que define quién es argentino, qué es ser argentino, cómo es ser argentino y cómo se puede llegar a serlo, y todos sus contrarios. La argentinidad como régimen de verdad significa entonces un régimen particular de enunciación y visibilidad propio “de lo argentino”, y una lógica de la argentinidad que define el modo en que funciona el “hacer-ser argentino”. Llamo lógica de la argentinidad al conjunto de reglas y procedimientos que hacen que exista la argentinidad como régimen de verdad en tanto sistema de prácticas “genuinamente” argentinas. No se trata de representaciones que los argentinos se dan de sí mismos, ni tampoco de las condiciones que los determinan sin que ellos lo sepan, sino de aquello que hacen y el modo como lo hacen.

Describir, analizar, desentrañar la lógica de la argentinidad implica problematizar las formas en que el saber, el poder, y la ética (ethos) se imbrican para producir efectos de verdad y efectos de realidad. Implica preguntarse: cómo nos hemos constituido como sujetos de nuestro saber, cómo nos hemos constituido como sujetos que ejercemos o soportamos las relaciones de poder; cómo nos hemos constituido como sujetos morales de nuestras acciones. De modo que no consiste en realizar una historia de los comportamientos “argentinos” ni de sus representaciones, tampoco de las sucesivas ideas, teorías o elucubraciones producidas para explicarla. Hay que tomar distancia, evitar lo evidente, escapar a su familiaridad.

¿Cómo encarar el estudio de los modos a través de los cuales los argentinos fuimos y somos llevados a reconocernos como sujetos argentinos portadores de una argentinidad? Hacer una genealogía de este problema no consiste en hacer una historia de los sucesivos conceptos de la argentinidad sino de analizar las prácticas mediante las cuales los argentinos nos vimos llevados a prestarnos atención a nosotros mismos, a descubrirnos, a reconocernos, y a declararnos argentinos. Es la genealogía de la argentinidad inscripta en el cuerpo.

viernes 3 de abril de 2009

¿Qué es la argentinidad?

En este texto expongo mi hipótesis de investigación que consiste en enunciar que la argentinidad está estructurada como un “régimen de verdad”.





¿Qué es la argentinidad?
¿Qué es la argentinidad?

jueves 2 de abril de 2009

¿Como somos los argentinos?

Del éxtasis a la agonía
oscila nuestro historial.
Podemos ser lo mejor, o también lo peor,
con la misma facilidad.
Bersuit Vergarabat, La argentinidad al palo


Todos los argentinos “sabemos” que un rasgo esencial que define la argentinidad consiste en tener un “carácter nacional” temperamentalmente ciclotímico, tal como lo enuncia la canción del epígrafe. Y se entiende por qué todos los argentinos sabemos de memoria esta “verdad”: se viene repitiendo desde principios del siglo XX desde múltiples y variados lugares de poder: académicos, ensayistas, escritores, poetas, maestros de escuela, profesores universitarios, médicos, abogados, cantantes de tango, novelistas, periodistas, políticos, militares, curas, humoristas, en fin, todos aquellos que tuvieron y tienen el poder social para que su discurso no solo sea escuchado sino aceptado e incorporado como una verdad cotidiana.

Ahora bien, ¿Existe esta verdad? ¿En qué sistema de prácticas se verifica empíricamente? ¿Dónde lo vemos más allá de en textos y discursos? Alguien me contesta: “por ejemplo, eso se observa en el fútbol”. Bien, pero el fútbol no es la argentinidad, el fútbol es un dispositivo global (mundial) que produce un tipo particular de posición de sujeto, el “hincha o aficionado al fútbol”, y seguramente hay algún tipo de particularidad que tiene el fútbol argentino, pero eso me explicaría como es la posición de sujeto “hincha o aficionado al fútbol” argentino, no un argentino, no una argentinidad que nos engloba a todos los argentinos y nos “hace ser” a todos de la misma manera. Vuelvo a preguntar (y preguntarme): ¿En qué sistema de prácticas se verifica empíricamente? Sinceramente no encuentro ese sistema de prácticas.

Un sistema de prácticas configura un campo posible de elecciones que delimita las fronteras entre el nosotros y el Otro marcando regímenes posibles de pensar, sentir, amar, odiar, vestir, comer, mirar, escuchar, hablar, etc. que asumimos como verdaderos. Llamo lógica de la argentinidad al conjunto de reglas y procedimientos que hacen que exista la argentinidad como régimen de verdad en tanto sistema de prácticas “genuinamente” argentinas. No se trata de representaciones que los argentinos se dan de sí mismos, ni tampoco de las condiciones que los determinan sin que ellos lo sepan, sino de aquello que hacen y el modo como lo hacen.

Describir, analizar, desentrañar la lógica de la argentinidad implica problematizar las formas en que el saber, el poder, y la ética (ethos) se imbrican para producir efectos de verdad y efectos de realidad. Implica preguntarse: cómo nos hemos constituido como sujetos de nuestro saber, cómo nos hemos constituido como sujetos que ejercemos o soportamos las relaciones de poder; cómo nos hemos constituido como sujetos morales de nuestras acciones. De modo que no consiste en realizar una historia de los comportamientos “argentinos” ni de sus representaciones, tampoco de las sucesivas ideas, teorías o elucubraciones producidas para explicarla.

Si la verdad en general, y la verdad particular de lo que los argentinos somos, es un efecto de poder inscripto en el cuerpo, y no encontramos ningún sistema de prácticas en que se verifique esa verdad, si solo esa verdad la encontramos en discursos, entonces solo queda plantear que el “temperamento ciclotímico de los argentinos” es un discurso que produce un tipo particular de subjetividad para “hacernos creer-ser” de un modo determinado: ciclotímicos. ¿Para qué? Para “conducir conductas” apropiadas a una forma de gubernamentalidad particular. El problema entonces sería estudiar como el discurso del temperamento ciclotímico de los argentinos, en tanto rasgo “natural” y “esencial” de la argentinidad, produce un tipo particular de cuerpo funcional a un tipo particular de ejercicio del poder.

miércoles 1 de abril de 2009

Misterios sin resolver


Como suele decir Carlos S. Bilardo “No son cábalas, son costumbres” por eso hoy, primero de mes, va el acostumbrado post sobre la serie Lost. Por supuesto, sin spoiler… lean tranquilos.


Aquí les dejo algunas perlitas relacionadas con tres grandes misterios hasta ahora sin resolver de la serie Lost: ¿Quién o qué es Jacob? ¿Qué son los “susurros” que en algunas ocasiones escuchan los protagonistas? ¿Qué o quienes son los “muertos” que se aparecen una y otra vez e intercambian diálogos con algunos protagonistas?

Yo agrego: ¿Están relacionados entre sí estos misterios? Presten mucha pero mucha atención a lo que ven y escuchan en cada uno de estos videos… en particular me impresionó volver a ver y escuchar el video en que Horace se le aparece a Locke… noten que el tipo vuelve una y otra vez a cortar el mismo árbol, el árbol cae, y nuevamente el árbol está ahí, y nuevamente lo vuelve a cortar, y nuevamente vuelve a repetir las mismas palabras…

Finalmente, una teoría acerca de quién es Jacob elaborada por un atento seguidor de la serie que no deja de parecerme increíblemente verosímil… ¿Se acuerdan? Jack tiene que decidir si salva a un hombre desconocido o salva a una mujer desconocida (que será su futura esposa)… ¿Quién era el hombre al que Jack deja morir?... ¿Jacob?...