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viernes, 2 de abril de 2010

Domingo F. Sarmiento: ¿Padre del Aula?

Domingo F. Sarmiento fue gobernador de San Juan entre 1862 y 1864 y la historiografía patriótica nos dice sobre su gobierno que fundó escuelas, mejoró los correos, implementó la libertad de prensa, abrió caminos, construyó baños públicos, otorgó concesiones a empresas extranjeras para la extracción minera, y pacificó la Provincia. Me detengo en esta última obra del sanjuanino ya que como consecuencia de esa pacificación tuvo que renunciar a su cargo y tomarse unas vacaciones en Estados Unidos, que por otra parte le vinieron muy bien, porque entre tanto era elegido Presidente de la Nación, en 1868, con el apoyo unánime de la gran burguesía agraria bonaerense. Para pacificar la Provincia decretó el Estado de Sitio y dio órdenes expresas a las fuerzas militares de aniquilar la subversión imperante, empresa que culminó con el ajusticiamiento del General Ángel Vicente Peñaloza, uno de los últimos caudillos del Interior Mediterráneo alzado en armas contra la hegemonía económico, política, militar, y social de la naciente burguesía agraria exportadora argentina.

José Hernández, el autor del Martín Fierro, relata el ajusticiamiento del Chacho Peñaloza en los siguientes términos:


El 12 de noviembre de 1863 el brigadier general Ángel Vicente Peñaloza, a sus gallardos 70 años, está refugiado en la casona de su amigo Felipe Oros, en la pequeña población riojana de Olta, con media docena de hombres desarmados, a pocos días de su derrota en Caucete, San Juan, contra las tropas de línea del gobernador de la provincia y director de la guerra designado por el presidente Bartolomé Mitre: Domingo Faustino Sarmiento, que estaba desesperado entonces por saber dónde se escondía su peor enemigo. A principios de mes el capitán Roberto Vera sorprende a un par de docenas de seguidores de Peñaloza. "Acto continuo se les tomó declaración", dice el escueto parte de su superior, el mayor Pablo Irrazábal: seis murieron pero el séptimo habló. El chileno Irrazábal lo manda a Vera con 30 hombres al refugio del caudillo, donde lo encuentra desayunando con su hijo adoptivo y su mujer. El Chacho, el amable gaucho generoso y valiente defensor a ultranza de las libertades de los pueblos, sale a recibirlo con un mate en la mano y, entregando su facón -en cuya hoja rezaba la leyenda "el que desgraciado nace / entre los remedios muere"-, le dice al capitán: "estoy rendido". Vera lo conduce a uno de los cuartos y le pone centinela de vista. Y le comunica el suceso a Irrazábal. El mayor no tarda en aparecer. Entra al cuarto y pregunta de un grito: "¿quién es el bandido del Chacho?". Una voz calma, desbordante de buena fe, le contesta: "yo soy el general Peñaloza, pero no soy un bandido". Inmediatamente, y sin importarle la presencia del hijastro y de doña Victoria Romero de Peñaloza, el mayor Pablo Irrazábal toma una lanza de manos de un soldado y se la clava en el vientre al general. Después lo hizo acribillar a tiros. Y mandó cortarle la cabeza y exhibirla clavada en una pica en la plaza del pueblo de Olta. Sarmiento, que nada deseaba más que esa muerte, le escribe a Mitre el 18 de noviembre: "...he aplaudido la medida, precisamente por su forma. Sin cortarle la cabeza a aquel inveterado pícaro y ponerla a la expectación, las chusmas no se habrían aquietado en seis meses" (José Hernández, “Vida del Chacho”, fragmento)


Domingo F. Sarmiento responde escribiendo un texto, “El Chacho”, en el que no niega el relato de Hernández sino que lo justifica en los siguientes términos:


Las instrucciones del ministro de la guerra al gobernador de San Juan, le encomendaban castigar a los salteadores, y los jefes de fuerzas no castigan sino por medios ejecutivos que la ley ha provisto; y cuando son salteadores los castigados, los ahorcan si los encuentran en el teatro de sus fechorías. La palabra outlaw, fuera de la ley, con que el inglés llama al bandido, contiene todo el procedimiento. Las ordenanzas lo tienen, autorizando a los comandantes de milicia a ejecutar a los salteadores. Ciertas palabras tienen valor legal. Las leyes de la guerra entre dos naciones favorecen a los pueblos, cuando desconocen la autoridad de los gobiernos hasta entonces establecidos; pero esto no es sin condiciones. Esos pueblos deben para ello estar representados por gobiernos regulares, aunque revolucionarios, defendidos por ejércitos organizados, y manifestar propósitos políticos, como el deseo de independencia, la destrucción de una tiranía, etc. Cuando la sublevación no asume esta forma, el acto puede ser calificado de bullicio de ciudades o partidos, de motín militar, sedición, etc., y cada uno de estos casos tiene leyes especiales para su corrección. El idioma español ha dado a los otros la palabra guerrilla, aplicada al partidario que hace la guerra civil, fuera de las formas, con paisanos y no con soldados, tomando a veces en sus depredaciones las apariencias y la realidad también de la banda de salteadores. La palabra argentina montonera corresponde perfectamente a la peninsular de guerrilla.


El partido unitario, no teniendo a su favor los paisanos a caballo de las campañas, no tuvo sino por accidente montonera o guerrilla en su defensa. Combatía, por el contrario, a los gobiernos que la montonera había impuesto a las ciudades. ¿Cuál era a la luz de estos principios la situación del Chacho? Jefe de guerrilla durante veinte años, invadiendo ciudades y poniéndolas a saco o rescate; general de la nación que no obedecía a su propio gobierno y obstruía la acción de la justicia amparando a los reos de salteo calificado, sublevado contra su propio gobierno, y esforzándose en obrar una reacción sin bandera, manifiesto ni principios. Ningún gobierno de provincia prestó su apoyo a este proyecto, sin excluir el de Córdoba, entregada momentáneamente por un motín de cuartel. Ningún general de la República le dio su concurso, sin excluir al general Urquiza, cuyo nombre invocaba, pero de cuyo egoísmo e inacción se quejaba altamente en correspondencias interceptadas, lo que probaba que tomaba su nombre en vano. Ningún hombre notable del partido de la depuesta Confederación se adhirió a su causa, ni escritor alguno trató de darle formas. Sus jefes eran salteadores y criminales notorios, soldados o sargentos desertores, o lo más abyecto o lo más rudo de los viejos partidos personales.


Chacho, como jefe notorio de bandas de salteadores, y como guerrilla, haciendo la guerra por su propia cuenta, murió en guerra de policía, en donde fue aprehendido, y su cabeza puesta en un poste en el teatro de sus fechorías. Esta es la ley, y la forma tradicional de la ejecución del salteador. Algo más justificaba aquel acto. Que no había justicia en el país en que tales cosas sucedían, lo probaban veinte años de impunidad, el tratado de 1862 como lo entendía el Chacho, y el no habérsele cerrado las puertas a un segundo, cuando sintiéndose vencido, se acogía al habitual indulto. Las sociedades humanas tienen el derecho de existir y cuando las organizaciones que establecen para castigar los crímenes son ineficaces, el pueblo suple a la falta de jueces en país despoblado. Cuando los deportados y bandidos tenían en California periodistas, jueces, empleados públicos y abogados de su banda, hallándose que la ley común no los alcanzaba, el pueblo, es decir los robados, los asesinados, sin deponer a los jueces ordinarios, organizó una justicia de conciencia y ejecutó a los audaces bandidos, sin que el Presidente de los Estados Unidos quisiese intervenir en defensa de las formas violadas. El mundo sancionó con su aprobación este acto. El brigandaje (sic) napolitano fue así perseguido.


Me pareció oportuno traer a la memoria este hecho en días en que estamos recordando los crímenes de la dictadura militar argentina que aplicó, tan eficaz y eficientemente, entre 1976 y 1983, el mandato del Padre del Aula.

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