
En el programa de televisión “El Debate” emitido ayer por Telefe en el que se analiza el desarrollo del reality show “Gran Hermano 2011” (Argentina) el tema excluyente fue la condición del participante Alejandro, un joven transexual de 26 años que se presentó al casting y fue elegido por la producción para intentar ganar el premio de $400.000 que necesita para realizar las operaciones quirúrgicas necesarias para cambiar su genitalidad femenina en masculina. Los panelistas enunciaron su discurso desde una posición de sentido común “políticamente correcto” con una clara desinformación sobre el tema que intentando ser transgresora legitimó el paradigma médico-psiquiátrico-legal con el que el discurso del poder aborda la cuestión de la transexualidad. Asimismo, el tema fue tratado en forma descontextualizada tanto en términos sociales como político-culturales como si la problemática de las identidades sexuales en la Argentina apareciera de repente de la mano del reality show haciendo caso omiso, por ejemplo, del recientale debate y polémica en torno al “matrimonio gay” o al tratamiento mediático-espectacular que atraviesa desde hace bastante tiempo los contenidos de la pantalla chica. Los panelistas, desde luego, no tienen por qué ser especialistas en el tema, su función en el programa es comentar las alternativas del juego, pero el problema reside en que se salieron de ese lugar y se posicionaron como expertos produciendo con su discurso un efecto contrario al que sin duda sus buenas intenciones querían lograr. Si a eso le sumamos el efecto performativo que tiene la televisión en la formación de puntos de vista, opiniones y formas de actuar sobre la audiencia su tratamiento unilateral del tema desde la perspectiva biomédica clausuró toda posibilidad de instalar una perspectiva crítica y transgresora en una sociedad como la nuestra hegemonizada por el machismo homofóbico.
El discurso de los panelistas quedó enunciado de la siguiente manera:
“Alejandro tiene un problema, nació con el cuerpo de una mujer y el alma o psique de un hombre. Este problema afecta a una de cada 100.000 personas y se denomina médicamente como “disforia de género”, su diagnóstico requiere no solo del exhaustivo examen de médicos y psiquiatras sino también de un conjunto de peritajes legales que ordena la Justicia para determinar si el Estado autoriza o no el cambio de sexo. Si bien no es propiamente una enfermedad hay que reconocer que es un caso raro muy distinto del que plantea la participante Luz (lesbiana) ya que ella hizo una elección sobre su sexualidad y Alejandro no. Él nació con el problema, no eligió, y la única manera de resolver los problemas sociales y psicológicos que tiene es cambiar su sexo. Por ejemplo, tenía una novia pero los padres de ella los alejaron sin embargo no hay que juzgar a los padres de la chica ya que puestos en su lugar resulta lógico que reaccionen así, ya que no es una situación que alguien quiera para sus hijos ya que no es muy normal. Habrá que ver cómo reaccionan el resto de los participantes cuando Alejandro cuente su verdad, seguramente no va a ser fácil para ellos y además hay que tener en cuenta que fuera de la casa la audiencia está con Alejandro”.
Como mi interés no es dar respuestas sino solo intentar hacer pensar de otro modo lo que el discurso nos presenta como una Verdad, solo expongo aquellas enunciaciones y expresiones que me parece son las que organizan el discurso vigente sobre la sexualidad con toda su carga discriminatoria encubierta por el paradigma biomédico y legal. Solo agregaré que Alejandro no tiene un problema, que el problema es que el Estado ejerce un poder sobre la sexualidad de Alejandro no solo porque es quien decide que opciones sexuales puede o no adoptar sino porque además lo convierte en objeto de una serie de prácticas disciplinarias y de control que debe aceptar para ser reconocido como portador de una sexualidad anormal que debe ser restaurada según el paradigma heterosexual vigente.
Alejandro sí hizo una opción, sí eligió cómo quiere vivir su sexualidad pero esa libertad le es negada en tanto tal: solo puede acceder a ella reconociéndose a sí mismo en la “disforia de género” es decir en un “caso de estudio” en la que se ponen en juego múltiples dispositivos de saber y poder. Para el Estado, Alejandro tiene que demostrar que padece un trastorno para así ser autorizado a ser quien él quiere ser y ese, sin duda, es el problema de fondo que está en juego en su situación y en la de los miles que la comparten. ¿La audiencia está con Alejandro? ¿La situación difícil es para los participantes del juego? ¿Gran Hermano está ayudando a Alejandro? Por lo pronto El Debate mucho no lo ayudó.
2 comentarios:
Estoy completamente de acuerdo con vos. La manera en que el programa, especialmente el debate y sus panelistas, están tratando la "situación" de Alejandro es realmente patética. Alejandro es una persona normal, común, que no tiene por que ser expuesta a este tipo de analisis como si fuera un anormal. precisamente, el problema, está en la mente de los demas, y en lo que el rating requiere.
La televisión brinda espectáculo, aún en el caso de esgrimir loables objetivos (ley de obesidad, ley para celíacos, aceptación de la diversidad sexual desde el derecho) siempre está diciéndonos "The show must go on" y "Next!" en cada ocasión en que redobla la apuesta cuando en realidad es más de lo mismo. Alejandro tuvo la "libertad" como en el caso de su sexualidad para optar entre exponerse o no e hizo uso de ella.
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