
El martes pasado tuve la oportunidad de visitar el cementerio de la Recoleta con el propósito de ser entrevistado por el escritor Pedro Mairal para el programa de televisión “Impreso en Argentina” que se emite por Canal Encuentro, la señal de cable del Ministerio de Educación de Argentina. La convocatoria tenía como propósito pensar asociaciones entre la serie de televisión “Lost” y el libro “La invención de Morel” de Adolfo Bioy Casares, en particular sobre la temática de la inmortalidad y la muerte asociada a la ciencia ficción y los desarrollos actuales de las biotecnologías. Cuando terminamos de grabar aproveché la ocasión para visitar este curioso emplazamiento que opera simbólicamente como registro de la inscripción de la muerte en el discurso sobre la argentinidad.
Un rasgo singularmente estructurante del discurso sobre la argentinidad consiste en el culto a las personalidades que se sostiene en la creencia de que los argentinos somos un gran país gracias a la existencia de héroes nacionales o salvadores de la patria; este discurso sobre la “excepcionalidad argentina” que sostiene el “culto a los próceres y grandes hombres” de la argentinidad fue enunciado por primera vez por Bartolomé Mitre en su “Historia de Belgrano y la Independencia Argentina” y sus efectos de saber-poder aún actúan performativamente sobre todos los argentinos. Si la historia de la argentina, si lo que somos, es el producto de los grandes hombres que nos antecedieron, entonces necesariamente el culto a las personalidades se asocia con el culto a los muertos: es la necrología de la argentinidad sobre la que tanto se ha escrito en forma recurrente, en la literatura, el ensayo, la novela y los textos de historia argentina. Las vidas de los muertos son el fundamento de prácticas políticas, sociales, ideológicas y culturales cuyos efectos de poder resultan decisivos para entender nuestra historia y nuestra sociedad.
El cementerio de la Recoleta ocupa cuatro manzanas en pleno centro de la ciudad de Buenos Aires en el que se encuentran depositados cerca de 6.000 sepulcros; desde 1946 tiene la categoría de Museo Histórico Nacional fundada en su diseño arquitectónico, sus esculturas y fundamentalmente porque allí se encuentran la mayoría de los personajes más ilustres de las familias “auténticamente argentinas” y muchos de los próceres y padres fundadores de la argentinidad. De allí que me pareció apropiado preguntarme qué es un cementerio y para contestar a esa pregunta encontré una conferencia pronunciada por Michel Foucault en el Centre d’Études architecturales el 14 de marzo de 1967 y titulada “De los espacios otros”. A continuación les dejo un fragmento.
“Pondría como ejemplo la sorprendente heterotopía del cementerio. El cementerio constituye un espacio respecto de los espacios comunes, es un espacio que está no obstante en relación con el conjunto de todos los espacios de la ciudad o de la sociedad o del pueblo, ya que cada persona, cada familia tiene a sus ascendientes en el cementerio. En la cultura occidental, el cementerio ha existido casi siempre. Pero ha sufrido cambios de consideración. Hasta finales del siglo XVIII, el cementerio estaba situado en el centro mismo de la ciudad, en los aledaños de la iglesia, con una disposición jerárquica múltiple. Allí se encuentra el pudridero en el que los cadáveres terminan por despojarse de sus últimas briznas de individualidad, sepulturas individuales y sepulturas en el interior de la iglesia. Tales sepulturas eran de dos clases, a saber: lápidas con una inscripción o mausoleos con una estatuaria. Tal cementerio, que se situaba en el espacio sagrado de la iglesia, ha tomado en las civilizaciones modernas un cariz muy distinto y es, sorprendentemente, en la época en la que la civilización se torna, como suele decirse groseramente, «atea», cuando la cultura occidental ha inaugurado lo que conocemos como el culto a los difuntos.
Aunque bien mirado, es perfectamente natural que en la época en la que se creía efectivamente en la resurrección de la carne y en la inmortalidad del alma no se prestara a los restos mortales demasiada importancia. Por el contrario, desde el momento en que la fe en el alma, en la resurrección de la carne declina, los restos mortales cobran mayor consideración, pues, a la postre, son las únicas huellas de nuestra existencia entre los vivos y entre los difuntos.
Sea como fuere, no es sino a partir del siglo XIX cuando cada persona tiene derecho al nicho y a su propia podredumbre: pero, por otro lado, sólo a partir del siglo XIX es cuando se comienza a instalar los cementerios en la periferia de las ciudades. Parejamente a esta individualización de la muerte y a la apropiación burguesa del cementerio, surge la consideración obsesiva de la muerte como «enfermedad». Los muertos son los que contagian las enfermedades a los vivos y es la presencia y la cercanía de los difuntos pared con pared con las viviendas, la iglesia, en medio de la calle, esta proximidad de la muerte es la que propaga la misma muerte. Esta gran cuestión de la enfermedad propagada por el contagio de los cementerios persiste desde finales del siglo XVIII, siendo a lo largo del siglo XIX cuando se comienzan a trasladar los cementerios a las afueras. Los cementerios no constituyen tampoco el viento sagrado e inmortal de la ciudad, sino la «otra ciudad», en la que cada familia tiene su última morada”