
El fallecimiento del ex presidente Néstor Kirchner –hablo del que personificaba una particular configuración de relaciones de poder en la argentina actual- demuestra que la historia no se repite ni como tragedia ni como farsa, aunque el discurso de la argentinidad que llevamos inscripto en el cuerpo nos haga ver, creer, pensar y hacer como si efectivamente todo lo que nos ocurre como sociedad solo pueda ser interpretado como una trágica repetición. Estar convencidos de que todo es una mera repetición nos sujeta a una forma de gubernamentalidad –entendida como la entendía Foucault, es decir, “conducir-conductas”- que obstaculiza, neutraliza, reabsorbe toda posibilidad de transformación social. Los mitos argentinos de la repetición trágica de nuestro devenir histórico como sociedad marcan lo real de tal forma que construyen una realidad cuya positividad se naturaliza como si fuera una ley de la física clásica: inalterable, inamovible, mecánicamente invariable y omnipresente.
Lo nuevo, sin embargo, es que la sociedad argentina desde hace un par de décadas está transitando una época de transición cuyas formas son globales y su contenido es particularmente nacional, y uno de los elementos de esa particularidad es la ruptura de la memoria histórica entre quienes, como yo, somos producto de la vieja argentina disciplinaria del siglo XX y las nuevas generaciones nacidas en los albores de la nueva sociedad de consumidores del siglo XXI. Una transición que, sin embargo, en mi opinión, no comenzó con el menemismo sino con el acontecimiento nefasto que le precedió y generó sus condiciones de posibilidad, la dictadura militar: allí reside la singularidad que explica la experiencia de la argentinidad que hoy viven cientos de miles de argentinos y argentinas –en particular de las clases medias- de los festejos del Bicentenario al fallecimiento de Néstor Kirchner, pasando por la ignominia del asesinato del militante del Partido Obrero Mariano Ferreyra. Época de confusión y desmemoria, en la que todo lo sólido se desvanece en el aire y todo lo sagrado es profanado, pero que a despecho de la profecía de Marx los argentinos y argentinas todavía no se sienten forzados a considerar serenamente sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocas sino que se entregan –no lo saben, pero lo hacen- a la inmediatez de quienes se sienten condenados al éxito o al fracaso por la presencia de una ausencia.









