sábado, 15 de enero de 2011

El juego de la argentinidad


Una de las preguntas que suelen hacerme en forma insistente se refiere a las formas en que el discurso sobre la argentinidad, entendido como aquel que nos interroga sobre quiénes somos los argentinos, cómo somos y por qué somos como somos, que nace entre fines del siglo XIX y principios del XX pudo reproducirse a lo largo del siglo XX hasta nuestra actualidad.

Para contestarla hay que aclarar, en primer lugar, que un discurso solo existe dentro de un orden que establece una serie de reglas y procedimientos para construir enunciados sobre unos sujetos y unos objetos que no existen previamente sino que son precisamente un efecto de tales reglas y procedimientos; en segundo lugar, hay que entender que el discurso tiene efectos performativos sobre los modos y formas de ser que se inscriben en el cuerpo, y en tercer lugar que los discursos no se reproducen mecánica y linealmente sino que existen en su propia dispersión, discontinuidad, concomitancia y yuxtaposición lo que implica que aparecen, se despliegan, desaparecen, se actualizan o reactualizan en función de determinadas condiciones sociales de existencia.

De modo que no es exacto decir que hay un único discurso sobre la argentinidad sino, más bien, que dentro del orden del discurso sobre la argentinidad coexisten múltiples discursos que buscan establecerse como experiencias verdaderas de lo argentino. La argentinidad no es algo dado de una vez y para siempre sino una continua definición y redefinición de una serie de prácticas que pugnan por el privilegio de ser consideradas como autenticamente argentinas aunque todas ellas tengan en común, como en un juego, las mismas reglas y procedimientos de veridicción: hay diversas maneras de jugar el juego de la argentinidad.