martes, 4 de enero de 2011

Gran Hermano 2011 (Argentina): Vándalos

Primero fue la promoción del misterioso “participante 19” (Alejandro) y su historia de cambio de sexo, luego la supuesta denuncia judicial contra el participante Christian U. y su “inminente” detención en vivo en una Gala, y ahora los actos de “vandalismo” que los participantes habrían realizado y que derivaron en destrozos en la “Casa más famosa del país” sumado al reiterado incumplimiento del reglamento por parte de los “hermanitos”. La televisión construye el hecho social y utiliza todos sus recursos para usarlo en la búsqueda del rating que, hasta el momento, le es esquivo al decano de los reality show del mundo (no solo en Argentina “Gran Hermano” (Big Brother”) ya no atrae a multitudes). Se dijo que lo que ocurría en la Casa de GH era un “reflejo” de nuestra sociedad, se argumentó que “así somos los argentinos” y hasta se comparó una guerra de almohadas con los incidentes en Villa Soldati, las protestas piqueteras y la problemática de la “inseguridad”; en el noticiero de Telefe las notas sobre el programa se trasladaron de la sección espectáculos a policiales.

El rating por fin subió a unos respetables 25 puntos, pero el precio fue desvirtuar al programa ya que se supone que los “hermanitos” tienen que ser como son (para eso fueron metódicamente elegidos por la Producción en un riguroso casting) y en eso reside la esencia del reality show (que no haya ninguna intervención externa sobre los participantes que opere como variable sobre sus conductas). La televisión, incluyendo a Gran Hermano, no refleja nada, no es “la vida misma”, ni es una “muestra” de la sociedad, lo que hace es intentar reproducir determinadas prácticas estereotipadas y fijar una agenda de “problemas” sobre los que hay que opinar, decir o hacer según el dictado del sentido común socialmente dominante. Los participantes no fueron elegidos al azar ni tampoco en función de ser representativos de una forma de vida sino según los requerimientos de un formato que tiene taxativamente establecido los perfiles psicológicos requeridos para que el juego “funcione”, y es eso sencillamente lo que estamos viendo.

En todo caso, si algo refleja lo que está sucediendo en el programa es a la televisión misma, tomada en su conjunto, que desde hace unos años se caracteriza por la llamada “tinelización” del espectáculo: escándalos, peleas, disputas narcisistas, violencia simbólica, cultura del aguante, búsqueda de la fama a cualquier precio, y la banalización en tono solemne de lo trivial e insustancial. Los actuales participantes son, en todo caso, el mejor exponente de la cultura televisiva argentina actual a tal punto que su “rebelión” es utilizada para sostener el formato aunque ellos y ellas piensen que lo están saboteando. El precio del rating constituye una victoria pírrica ya que su principal efecto de demostración consiste en que el formato tal como se viene repitiendo desde hace 10 años, por lo menos en Argentina, está agotado.

La televisión argentina actual actúa como en la metáfora del escorpión y la rana: “Un día un escorpión le pidió a una rana que lo llevara hasta el otro lado del río. La rana dijo que no, pues él lo picaría. “Pero esto es ilógico”, le dijo el escorpión, “sí yo te pico moriríamos ambos, pues yo no se nadar, y me ahogaría junto contigo”. La rana le creyó y lo transportó. En la mitad del río el escorpión la picó. La rana, desesperada, y bajo los efectos del veneno protestó: “¿Que pasó con el trato? ahora vamos a morir ambos tú mismo me lo hiciste comprender. “Es verdad”, le contestó el escorpión. “Pero yo no puedo ir en contra de mi naturaleza”.