sábado, 11 de junio de 2011

Cultura y discurso del aguante

Sostener, reprimir, no dejar caer, contener, resistir, soportar, tolerar a disgusto algo que nos molesta o desagrada, conformarse con lo que pasa o lo que se tiene son algunos de los términos que definen el significado de la palabra “aguante” en los diccionarios de lengua castellana. El aguante, entonces, sería una práctica social asociada a ponerle el cuerpo a una adversidad provocada por algo o alguien frente a quienes se asume una actitud de resistencia que se ejerce en acto. Recuerdo que hace muchos años se utilizaban expresiones como “ponerle el pecho a las balas” o “bancátela” para significar algo similar a lo que hoy llamamos “hacer el aguante”, de modo que aunque el término es relativamente nuevo –habría surgido en los años ’80, en la subcultura futbolera de los barras bravas, según la arqueología del término que nos propone Pablo Alabarces- no resulta ajeno o extraño a nuestra argentinidad.

Sin embargo, aguantar no significa lo mismo que bancar ya que remiten a distintos espacios sociales y prácticas asociadas en el primer caso al dominio de lo que Michel Foucault denomina ilegalismos y delincuencia (el “aguantadero”) y en el segundo a la pequeña burguesía urbana (bancar como metáfora de asistir económicamente, moralmente o socialmente). Es que en aquello de bancársela o aguantar hay mucho de la retórica y la estética asociada al tango y a la cultura de la resistencia frente a la adversidad económica, política y social que caracterizó a la cultura argentina durante la década de 1930, o a la aún más antigua actitud que la literatura criollista le ha adjudicado al gaucho: Martín Fierro, Juan Moreira, un guapo del 900, un inmigrante italiano o español, un cabecita negra, bien podrían ser representaciones de eso que hoy llamamos la cultura del aguante argentino.

Pero lo que distingue a estas prácticas del aguante o de bancar de lo que hoy llamamos la cultura del aguante es que en el primer caso se trataba de un gesto individual que enfrenta la adversidad del sistema, de las instituciones, de la “suerte” o el “destino”, y en el segundo de un gesto colectivo, en el que se pone en juego una identidad, un territorio, una estética y un modo de hacer. La cultura del aguante implica un cuerpo colectivo y un enfrentamiento colectivo cuyas condiciones de emergencia nos remiten a la fragmentación y exclusión social producidas por el neoliberalismo a partir de la década del ’90 y a nuevas formas de violencia características del enfrentamiento de pobres contra pobres que tiene sus superficies de emergencia en las hinchadas de fútbol y en las prácticas de los fans del rock desde donde se derrama al resto de los sectores populares. Se trataría entonces de distintas variantes de una invariante estructural que algo nos dicen sobre cómo se han configurado históricamente las relaciones de poder en nuestra sociedad.