
Lo que llamamos nuestra civilización no es otra cosa que una de las tantas formas en que puede llegar a organizarse la “barbarie”, la distinción entre ambas no existe del mismo modo que no existe la razón como algo ajeno a la sin-razón. Una u otra aparecen en el mismo momento en que se separan y esa separación no es otra cosa que un efecto de poder, saber y verdad que precisamente establece la línea divisoria entre lo normal y lo anormal, entre lo sano y lo enfermo, y entre la vida y la muerte. Este es el nacimiento de la biopolítica entendida como “la autorización para suprimir la vida indigna de ser vivida” tal como fuera formulada en 1920 por Félix Meiner y que serviría para legitimar las prácticas eugenésicas y genocidas que llevaron a la práctica, y continúan haciéndolo de otras formas, todos los estados totalitarios. Para aniquilar masivamente primero hay que deshumanizar y para ello hay que politizar la vida convirtiendo al Estado en su administrador absoluto. El ejercicio de este poder biopolítico implica la necesidad de volver a definir en cada momento el umbral que articula y separa lo que está dentro y lo que está fuera de la vida digna de ser vivida legitimando el poder de hacer vivir o dejar morir. Por eso en nuestra actualidad el cuidado del cuerpo biológico se ha convertido no solo en una industria y un espectáculo sino también en un modo y forma de vida al que hay que aspirar precisamente para no ser estigmatizado como enfermo, loco, bárbaro, anormal, es decir, precisamente formas indignas en que la vida no merece ser vivida.
No es casual que las ficciones sobre zombies se constituyan en un paradigma espectacular de la sociedad organizada biopolíticamente ya que representan, de manera cruda y despiadada, casi al límite, la oposición binaria entre los vivos y los muertos que caminan. El zombie es ese Otro cuya existencia representa no solo toda la indignidad posible sino también, y en consecuencia, la justificación de la necesidad de suprimirlo a cualquier precio para defender y salvar a los sanos de cuerpo y alma porque encarnan un peligro social absoluto, irreversible e imposible de regeneración o rehabilitación. Los espectadores no nos reconocemos en los zombies -¡cómo podríamos hacerlo!- pero tampoco en aquellos humanos que sin estar infectados pueden ser sospechosos de serlo. Nos reconocemos en aquellos que tienen el poder para tomar medidas extraordinarias y de excepción –militares, sanitarias, ambientales, biológicas- es decir, los que detentan el poder legal o legítimo para decidir quien vive y quien muere y que ejercen impunemente no sobre los zombies sino sobre aquellos que por una razón u otra han quedado en el umbral. La forma en que está organizado el relato ficcional nos hace decir casi sin dudarlo: “Ante la duda, mejor exterminar” convirtiéndonos en puntos de apoyo, fuera de la ficción, en nuestra vida real, de aquellos humanos a los que el poder ha decidido clasificar como muertos que caminan y a su paso siembran la muerte.
¿Qué diferencia a la serie de televisión The Walking Dead de estos relatos ficcionales de zombies cuyos efectos sobre la realidad legitiman estas formas biopolíticas de ejercicio del poder a escala global? En The Walking Dead los zombies ya no son una minoría a la que se puede encerrar o eliminar sino los nuevos amos del mundo, la inmensa mayoría de los vivientes en el planeta, y los sanos, los normales, los civilizados una ínfima minoría cuya extinción es irreversible e irremediable. La serie no muestra una lucha desigual en la que finalmente, de una u otra manera, la normalidad prevalecerá y el orden biopolítico será felizmente restaurado sino cómo continúan operando las prácticas binarias de exclusión y peligrosidad al interior mismo de las relaciones sociales que entablan los sobrevivientes. De modo tal que lo que nos muestra es que la biopolítica sigue funcionando y operando conduciendo las conductas de los humanos como si nada hubiera ocurrido. The Walking Dead no es, entonces, un relato más sobre zombies sino sobre aquellos que no lo son pero que pueden llegar a serlo en cualquier momento, sin previo aviso, de modo tal que el verdadero peligro no son los “muertos que caminan” sino los vivos que pueden llegar a perder su condición de tales. Si a los zombies se los puede eliminar casi caritativamente olvidando que alguna vez fueron también humanos y que dejaron de serlo no por las fuerzas de la naturaleza sino por los efectos de las tecnologías biopolíticas –el virus letal que es creado y producido por la industria militar en alianza con la ciencia biológica aplicada- a los que todavía no son zombies hay que clasificarlos como enemigos potenciales, en particular si por su condición –mujeres, niños, débiles, homosexuales, negros, poco instruidos- pueden ser víctimas ingenuas y potenciales de la plaga.
El discurso ético y estético de The Walking Dead muestra cómo el paradigma biopolítico lo llevamos inscripto en el cuerpo y como lo que ha llevado a la humanidad al Apocalipsis no es otra cosa que la biopolítica llevada al extremo. En ese sentido se trata de una serie transgresora porque su trama no intenta reproducir los esquemas mentales binarios sino ponerlos en cuestión abriendo un campo de visibilidad sobre aquello que por estar tan presente en nosotros no registramos. No opone la luz a la oscuridad, lo bueno a lo malo, o la vida a la muerte, sino que se instala en el umbral mismo de la separación intentando mostrar que nuestra existencia, moldeada por el poder, transita y transcurre en esa delgada línea de sombra siempre imprecisa.
Los zombies no son los muertos que caminan ni los muertos vivos. Los muertos que caminan y todavía están vivos son los sobrevivientes, condenados tarde o temprano a convertirse en las próximas víctimas del biopoder en un ghetto urbano norteamericano, en un cruce de calles en el Gran Buenos Aires, en un campamento de refugiados en el Cercano Oriente, en la Plaza Tiananmen, o en un pequeño pueblo suburbano de la ciudad de Atlanta, que un día cualquiera y cuando nadie lo esperaba se convirtió en tierra de zombies.