jueves 30 de junio de 2011

Futbol. ¿Una pasión argentina?

El slogan dice que “el fútbol es la pasión de los argentinos” y el mercado se encarga de asociar sus mercancías, cualesquiera sean ellas, a esa pasión convirtiendo al hincha de fútbol en un prototípico sujeto de la sociedad de consumidores argenta. Pero no solo el mercado y su principal medio de producción de realidad, la publicidad, hacen uso de esa pasión para capturar y producir sujetos-sujetados al orden social. Los discursos políticos apelan y han apelado una y mil veces a esa red de poder que se ha establecido históricamente entre política-fútbol-argentinidad para legitimar los más absurdos y descabellados proyectos de salvación nacional utilizando la pasión como metáfora para hacernos gobernables. El fútbol convertido en el máximo espectáculo de masas ha estructurado, casi sin que nos diéramos cuenta, todo el mundo del espectáculo y convertido en espectáculo a todo el mundo. Su ética del aguante y su estética de la pasión informan la música popular, el rock, los festejos del Bicentenario, los actos políticos, los rituales escolares, las ficciones televisivas y cinematográficas, las marchas callejeras, etc. Así, actuamos, cada vez más, en todos los espacios sociales colectivos como hinchas de fútbol y lo hacemos con la misma pasión futbolera de cualquier “barra-brava”.

Estamos convencidos que, por esencia o naturaleza, los argentinos somos pasionales y que esa pasión se expresa en forma transparente en el fútbol. Y quizá así sea efectivamente, aunque la cuestión no radicaría en preguntarse “por qué somos así” sino “cómo llegamos a ser como somos”, es decir, proponer que dicha pasionalidad no tiene nada de natural y que no es otra cosa que el producto de un proceso histórico que comenzó aproximadamente en la década de 1920 y que para establecerse implicó poner en juego múltiples mecanismos de saber y de poder. No es este el lugar para fundamentar esta hipótesis de trabajo pero puedo recomendarles que lean a dos investigadores argentinos que, además de ser expertos en lo que podríamos denominar “fútbol y sociedad argentina”, han abordado y problematizado inteligentemente algunos aspectos de esta cuestión. Los libros son “Fútbol y Patria” de Pablo Alabarces e “Historia Social del Fútbol” de Julio Frydenberg.

jueves 23 de junio de 2011

About Dexter (Series TV)

The television series Dexter is characterized by unfolding a discourse which, though belonging to a specific genre the psychokiller, is noticeably different in the ways in which the world and the conduct of the serial killers are represented. This article attempts to analyze the motives why the subject spectator empathizes and sympathizes with this peculiar serial killer, building a bridge between fictional reality, and present social reality portrayed by lack of safety, uncertainty and the upheaval of the values built by the modernist society on the idea of justice.

sábado 18 de junio de 2011

The Walking Dead: ¿Quiénes son los muertos que caminan?

Lo que llamamos nuestra civilización no es otra cosa que una de las tantas formas en que puede llegar a organizarse la “barbarie”, la distinción entre ambas no existe del mismo modo que no existe la razón como algo ajeno a la sin-razón. Una u otra aparecen en el mismo momento en que se separan y esa separación no es otra cosa que un efecto de poder, saber y verdad que precisamente establece la línea divisoria entre lo normal y lo anormal, entre lo sano y lo enfermo, y entre la vida y la muerte. Este es el nacimiento de la biopolítica entendida como “la autorización para suprimir la vida indigna de ser vivida” tal como fuera formulada en 1920 por Félix Meiner y que serviría para legitimar las prácticas eugenésicas y genocidas que llevaron a la práctica, y continúan haciéndolo de otras formas, todos los estados totalitarios. Para aniquilar masivamente primero hay que deshumanizar y para ello hay que politizar la vida convirtiendo al Estado en su administrador absoluto. El ejercicio de este poder biopolítico implica la necesidad de volver a definir en cada momento el umbral que articula y separa lo que está dentro y lo que está fuera de la vida digna de ser vivida legitimando el poder de hacer vivir o dejar morir. Por eso en nuestra actualidad el cuidado del cuerpo biológico se ha convertido no solo en una industria y un espectáculo sino también en un modo y forma de vida al que hay que aspirar precisamente para no ser estigmatizado como enfermo, loco, bárbaro, anormal, es decir, precisamente formas indignas en que la vida no merece ser vivida.

No es casual que las ficciones sobre zombies se constituyan en un paradigma espectacular de la sociedad organizada biopolíticamente ya que representan, de manera cruda y despiadada, casi al límite, la oposición binaria entre los vivos y los muertos que caminan. El zombie es ese Otro cuya existencia representa no solo toda la indignidad posible sino también, y en consecuencia, la justificación de la necesidad de suprimirlo a cualquier precio para defender y salvar a los sanos de cuerpo y alma porque encarnan un peligro social absoluto, irreversible e imposible de regeneración o rehabilitación. Los espectadores no nos reconocemos en los zombies -¡cómo podríamos hacerlo!- pero tampoco en aquellos humanos que sin estar infectados pueden ser sospechosos de serlo. Nos reconocemos en aquellos que tienen el poder para tomar medidas extraordinarias y de excepción –militares, sanitarias, ambientales, biológicas- es decir, los que detentan el poder legal o legítimo para decidir quien vive y quien muere y que ejercen impunemente no sobre los zombies sino sobre aquellos que por una razón u otra han quedado en el umbral. La forma en que está organizado el relato ficcional nos hace decir casi sin dudarlo: “Ante la duda, mejor exterminar” convirtiéndonos en puntos de apoyo, fuera de la ficción, en nuestra vida real, de aquellos humanos a los que el poder ha decidido clasificar como muertos que caminan y a su paso siembran la muerte.

¿Qué diferencia a la serie de televisión The Walking Dead de estos relatos ficcionales de zombies cuyos efectos sobre la realidad legitiman estas formas biopolíticas de ejercicio del poder a escala global? En The Walking Dead los zombies ya no son una minoría a la que se puede encerrar o eliminar sino los nuevos amos del mundo, la inmensa mayoría de los vivientes en el planeta, y los sanos, los normales, los civilizados una ínfima minoría cuya extinción es irreversible e irremediable. La serie no muestra una lucha desigual en la que finalmente, de una u otra manera, la normalidad prevalecerá y el orden biopolítico será felizmente restaurado sino cómo continúan operando las prácticas binarias de exclusión y peligrosidad al interior mismo de las relaciones sociales que entablan los sobrevivientes. De modo tal que lo que nos muestra es que la biopolítica sigue funcionando y operando conduciendo las conductas de los humanos como si nada hubiera ocurrido. The Walking Dead no es, entonces, un relato más sobre zombies sino sobre aquellos que no lo son pero que pueden llegar a serlo en cualquier momento, sin previo aviso, de modo tal que el verdadero peligro no son los “muertos que caminan” sino los vivos que pueden llegar a perder su condición de tales. Si a los zombies se los puede eliminar casi caritativamente olvidando que alguna vez fueron también humanos y que dejaron de serlo no por las fuerzas de la naturaleza sino por los efectos de las tecnologías biopolíticas –el virus letal que es creado y producido por la industria militar en alianza con la ciencia biológica aplicada- a los que todavía no son zombies hay que clasificarlos como enemigos potenciales, en particular si por su condición –mujeres, niños, débiles, homosexuales, negros, poco instruidos- pueden ser víctimas ingenuas y potenciales de la plaga.

El discurso ético y estético de The Walking Dead muestra cómo el paradigma biopolítico lo llevamos inscripto en el cuerpo y como lo que ha llevado a la humanidad al Apocalipsis no es otra cosa que la biopolítica llevada al extremo. En ese sentido se trata de una serie transgresora porque su trama no intenta reproducir los esquemas mentales binarios sino ponerlos en cuestión abriendo un campo de visibilidad sobre aquello que por estar tan presente en nosotros no registramos. No opone la luz a la oscuridad, lo bueno a lo malo, o la vida a la muerte, sino que se instala en el umbral mismo de la separación intentando mostrar que nuestra existencia, moldeada por el poder, transita y transcurre en esa delgada línea de sombra siempre imprecisa.

Los zombies no son los muertos que caminan ni los muertos vivos. Los muertos que caminan y todavía están vivos son los sobrevivientes, condenados tarde o temprano a convertirse en las próximas víctimas del biopoder en un ghetto urbano norteamericano, en un cruce de calles en el Gran Buenos Aires, en un campamento de refugiados en el Cercano Oriente, en la Plaza Tiananmen, o en un pequeño pueblo suburbano de la ciudad de Atlanta, que un día cualquiera y cuando nadie lo esperaba se convirtió en tierra de zombies.

lunes 13 de junio de 2011

Guy Debord y la televisión

Para Debord la televisión ofrece un manual de instrucciones sobre cómo vivir normalmente pero su esencia no se encontrará en sus contenidos sino en la red de relaciones en la cual ella opera y en su eficacia para organizar el campo de visión humana, el régimen de visibilidad de nuestras prácticas cotidianas. La televisión está incorporada en un juego de estrategias que regula el tráfico simbólico de la población. No regula opiniones y perspectivas visuales, establece agendas, no dice qué es lo que hay que decir o visionar sino qué es lo decible y lo visible, sobre lo que hay que decir o mostrar algo. Es un dispositivo biopolítico ya que su blanco son las poblaciones-audiencias sobre las que actúa performativamente delimitando el alcance de nuestra experiencia, sus límites, sus bordes, sus fronteras, dentro de las cuales somos más o menos libres de opinar, hacer o ver; esa libertad condicional no depende de la televisión sino de los dispositivos disciplinarios que operan en red con ella. El síntoma de nuestra época consiste en que estamos siendo observados todo el tiempo aún cuando creamos que somos nosotros los observadores: la televisión nos observa en la misma medida en que la observamos.

sábado 11 de junio de 2011

Cultura y discurso del aguante

Sostener, reprimir, no dejar caer, contener, resistir, soportar, tolerar a disgusto algo que nos molesta o desagrada, conformarse con lo que pasa o lo que se tiene son algunos de los términos que definen el significado de la palabra “aguante” en los diccionarios de lengua castellana. El aguante, entonces, sería una práctica social asociada a ponerle el cuerpo a una adversidad provocada por algo o alguien frente a quienes se asume una actitud de resistencia que se ejerce en acto. Recuerdo que hace muchos años se utilizaban expresiones como “ponerle el pecho a las balas” o “bancátela” para significar algo similar a lo que hoy llamamos “hacer el aguante”, de modo que aunque el término es relativamente nuevo –habría surgido en los años ’80, en la subcultura futbolera de los barras bravas, según la arqueología del término que nos propone Pablo Alabarces- no resulta ajeno o extraño a nuestra argentinidad.

Sin embargo, aguantar no significa lo mismo que bancar ya que remiten a distintos espacios sociales y prácticas asociadas en el primer caso al dominio de lo que Michel Foucault denomina ilegalismos y delincuencia (el “aguantadero”) y en el segundo a la pequeña burguesía urbana (bancar como metáfora de asistir económicamente, moralmente o socialmente). Es que en aquello de bancársela o aguantar hay mucho de la retórica y la estética asociada al tango y a la cultura de la resistencia frente a la adversidad económica, política y social que caracterizó a la cultura argentina durante la década de 1930, o a la aún más antigua actitud que la literatura criollista le ha adjudicado al gaucho: Martín Fierro, Juan Moreira, un guapo del 900, un inmigrante italiano o español, un cabecita negra, bien podrían ser representaciones de eso que hoy llamamos la cultura del aguante argentino.

Pero lo que distingue a estas prácticas del aguante o de bancar de lo que hoy llamamos la cultura del aguante es que en el primer caso se trataba de un gesto individual que enfrenta la adversidad del sistema, de las instituciones, de la “suerte” o el “destino”, y en el segundo de un gesto colectivo, en el que se pone en juego una identidad, un territorio, una estética y un modo de hacer. La cultura del aguante implica un cuerpo colectivo y un enfrentamiento colectivo cuyas condiciones de emergencia nos remiten a la fragmentación y exclusión social producidas por el neoliberalismo a partir de la década del ’90 y a nuevas formas de violencia características del enfrentamiento de pobres contra pobres que tiene sus superficies de emergencia en las hinchadas de fútbol y en las prácticas de los fans del rock desde donde se derrama al resto de los sectores populares. Se trataría entonces de distintas variantes de una invariante estructural que algo nos dicen sobre cómo se han configurado históricamente las relaciones de poder en nuestra sociedad.

miércoles 8 de junio de 2011

Video. Luis Fanlo: Television y argentindad


Teórico del profesor Luis García Fanlo, Buenos Aires, 27 de mayo de 2011, Cátedra Sociología de la Argentinidad, Carrera de Sociología, Facultad de Ciencias Sociales (UBA). "Televisión y argentinidad".












sábado 4 de junio de 2011

¿Que es la sociologia de la argentinidad?


Cátedra Sociología de la argentinidad, Orientación Sociología de la Cultura, Carrera de Sociología, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires (2005 - presente).

Para apreciar mejor la presentación sugiero utilizar el comando "More", y visionar en "Full Screen".


jueves 2 de junio de 2011

Zygmunt Bauman. Pierre Bourdieu y la televisión

Un aporte para pensar problemas de nuestra actualidad y problematizar los abordajes actuales sobre los efectos preformativos sobre la subjetividad de la convergencia digital, televisión, Internet y las nuevas tecnologías de comunicación e información desde una perspectiva sociológica.





“Nada hay más arduo que reflejar la banalidad de la realidad. Ese es el problema con el que se topan los sociólogos: hacer extraordinario lo cotidiano, evocarlo de forma que la gente vea hasta qué punto se sale de lo corriente. La imagen posee la particularidad de producir lo que los críticos literarios llaman el efecto de realidad, puede mostrar y hacer creer lo que muestra. Este poder de evocación es capaz de provocar fenómenos de movilización social. Puede dar vida a ideas o representaciones, así como a grupos… implica siempre una elaboración social de la realidad capaz de provocar la movilización (o desmovilización) social… producir efectos de realidad y efectos en la realidad. De este modo, la televisión que pretende ser un instrumento que refleja la realidad, acaba convirtiéndose en instrumento que crea una realidad. Vamos cada vez más hacia universos en que el mundo social está descrito-prescrito por la televisión. La televisión se convierte en el árbitro del acceso a la existencia social y política” (Pierre Bourdieu, Sobre la televisión, 2005, pp. 27-28).

"…el panóptico –el mayor instrumento destinado a mantener a la gente junta en lo que se ha denominado ‘sociedad’- ha sido reemplazado gradualmente por el sinóptico: en vez de unos pocos que observan a muchos, ahora son muchos los que observan a unos pocos. La mayoría no tiene más alternativa que mirar: al carecer de fuentes de instrucción en cuanto a las virtudes públicas, buscan motivación para los esfuerzos vitales tan solo en los ejemplos disponibles de hazañas privadas y sus recompensas. Y por eso miran voluntariamente, con entusiasmo, y exigen en voz alta y claramente que haya más cosas similares para ver… Los grandes y famosos (grandes por famosos) ya no aspiran al poder pastoral y, por lo tanto, ya no ofrecen instrucción sobre las virtudes públicas; el último servicio que pueden prestar a sus antiguos fieles es exhibir sus propias vidas como objeto de admiración, pero también como objeto de aspiración y de imitación. El sinóptico refleja el acto de desaparición de lo público, la invasión de la esfera pública por la privada, su conquista, su ocupación y su gradual pero incesante colonización” (Zygmunt Bauman, En busca de la política, 2001, pp. 79-80).

“Tal como señalara Pierre Bourdieu hace casi veinte años, la fabricación de nuevos deseos desempeña ahora la función que antes cumplía la regulación normativa, de manera que la publicidad y los avisos comerciales ocupan el lugar que antes solían ocupar la ley y el orden. La promesa de sensaciones placenteras e inexploradas desencadena el deseo, la oferta de objetos que producen ricas sensaciones precede, por lo general, la aparición del deseo, de tal modo que este está desde el principio, dirigido hacia un objeto. Por lo tanto, el actual código de elección genera un agente cuya habilidad principal consiste en identificar la promesa de sensaciones placenteras y en seguir luego las señales y los signos que marcan el camino para obtenerlos. Sin embargo, la aplicación exitosa del código se evalúa mediante las experiencias vividas por los propios agentes; en su accionar hacia un objeto, los agentes actúan como individuos egocéntricos y autorreferentes, poco interesados por las repercusiones que sus elecciones puedan tener sobre cualquier otra cosa que no sean sus propias sensaciones. Tampoco se preocupan demasiado por los efectos que sus elecciones puedan tener en el largo plazo. Las sensaciones placenteras que persiguen son, por lo general, fugaces, muchas veces instantáneas… nacen y se desvanecen en un instante; pocos deseos sobreviven a su satisfacción y se necesitan permanentemente nuevos deseos y nuevos objetos para que los agentes no pierdan motivación (Zygmunt Bauman, En busca de la política, 2001, p. 85).

“La televisión, dice Bourdieu, se ha transformado, para los intelectuales, en lo que el espejo era para Narciso. La búsqueda de eternidad ha sido reemplazada por la búsqueda de invitaciones a los programas de TV; el trabajo cotidiano tiende a adecuarse a las necesidades de esas invitaciones.” (Zygmunt Bauman, En busca de la política, 2001, pp. 114-115).