En la actualidad, que Armand Mattelart
conceptualiza como sociedad de vigilancia, asistimos a una nueva proliferación
de dispositivos de control social que tienen como fundamento saberes disciplinarios del siglo XIX ahora potenciados por la convergencia digital / cultural
entre dispositivos disciplinarios y de seguridad funcionando en red gracias a
su asociación con Internet en el siglo XXI.
A saber: videocámaras, programas de reconocimiento facial, tecnologías de identificación
personal basadas en el ADN, dispositivos de telefonía celular, redes sociales
como Twitter, Facebook, LinkedIn, dispositivos de geolocalización (GPS),
tarjetas de transporte público, códigos de barras incorporados a documentos de
identidad y pasaportes, tarjetas de débito y crédito, bases de datos digitales
médicas, chips subcutáneos, dispositivos de identificación de voz, a los que se
suman los programas y aplicaciones en Internet. En el caso de las redes sociales digitales las alimentamos diariamente nosotros mismos cada
vez que hacemos click en un sitio web, dejamos un comentario en un foro,
hacemos “Me gusta” o contamos “¿Qué estás pensando/haciendo” o “¿Dónde estás
ahora” en Facebook, Twitter o Foursquare. Incluso ya está operativo en gmail el software que lee nuestros
e-mails y nos asocia con las palabras o las personas que mencionamos en cada
uno de ellos.
En otros casos el uso de estos dispositivos requiere llenar formularios de
registro, firmas digitales, claves de acceso, perfiles de identificación,
avatares, que nos integran automáticamente a comunidades virtuales, grupos de
amigos, listas de seguidores, categorías profesionales, grupos de consumo,
colectivos políticos, artísticos, académicos, etc. De este modo los programas y aplicaciones de
Internet nos clasifican en términos de normalidades diferenciales lo que les
permite sugerirnos “amigos que tal vez conozcas”, “perfiles similares a ti”,
“usuarios a los que quizás te interese seguir”, productos que quizás nos
interese consumir porque los consumen nuestros amigos o seguidores, lugares en
donde podemos encontrarnos con gente “similar a nosotros”, en suma, cálculos
probabilísticos que permiten encasillarnos y, a la vez, conducir nuestras
conductas tal como lo soñaron las utopías disciplinarias del siglo XIX y que
ahora se vuelven realidad.
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