martes, 31 de enero de 2012

Políticas de privacidad y sociedad de vigilancia


En la actualidad, que Armand Mattelart conceptualiza como sociedad de vigilancia, asistimos a una nueva proliferación de dispositivos de control social que tienen como fundamento saberes disciplinarios del siglo XIX ahora potenciados por la convergencia digital / cultural entre dispositivos disciplinarios y de seguridad funcionando en red gracias a su asociación con Internet en el siglo XXI.

A saber:  videocámaras, programas de reconocimiento facial, tecnologías de identificación personal basadas en el ADN, dispositivos de telefonía celular, redes sociales como Twitter, Facebook, LinkedIn, dispositivos de geolocalización (GPS), tarjetas de transporte público, códigos de barras incorporados a documentos de identidad y pasaportes, tarjetas de débito y crédito, bases de datos digitales médicas, chips subcutáneos, dispositivos de identificación de voz, a los que se suman los programas y aplicaciones en Internet. En el caso de las redes sociales  digitales las alimentamos diariamente nosotros mismos cada vez que hacemos click en un sitio web, dejamos un comentario en un foro, hacemos “Me gusta” o contamos “¿Qué estás pensando/haciendo” o “¿Dónde estás ahora” en Facebook, Twitter o Foursquare. Incluso ya está operativo en gmail el software que lee nuestros e-mails y nos asocia con las palabras o las personas que mencionamos en cada uno de ellos. 

En otros casos el uso de estos dispositivos requiere llenar formularios de registro, firmas digitales, claves de acceso, perfiles de identificación, avatares, que nos integran automáticamente a comunidades virtuales, grupos de amigos, listas de seguidores, categorías profesionales, grupos de consumo, colectivos políticos, artísticos, académicos, etc. De este modo los programas y aplicaciones de Internet nos clasifican en términos de normalidades diferenciales lo que les permite sugerirnos “amigos que tal vez conozcas”, “perfiles similares a ti”, “usuarios a los que quizás te interese seguir”, productos que quizás nos interese consumir porque los consumen nuestros amigos o seguidores, lugares en donde podemos encontrarnos con gente “similar a nosotros”, en suma, cálculos probabilísticos que permiten encasillarnos y, a la vez, conducir nuestras conductas tal como lo soñaron las utopías disciplinarias del siglo XIX y que ahora se vuelven realidad.