jueves 26 de enero de 2012

Transicion, regularidad y discontinuidad


Una frase de Antonio Gramsci se ha asociado y repetido hasta el cansancio para definir en pocas palabras lo que significa un proceso de transición: “lo nuevo que no termina de nacer y lo viejo que no termina de morir”.  Me permito discrepar con este uso de Gramsci porque implica asignar a los procesos histórico-sociales una teleología que le sería intrínseca y necesaria. Lo nuevo –sea lo que fuere- nunca aparece como una ruptura con el pasado sino como la subsunción de ese pasado a la novedad, lo viejo se reactualiza en lo nuevo. De modo tal que tanto aquello que se enuncia como “lo nuevo” y “lo viejo” debería ser considerado no como algo que explica sino como algo que debe ser explicado; de igual manera el concepto mismo de transición debería, también, ser criticado. 

Esta actitud crítica no implica negar el surgimiento de acontecimientos que reestructuran radicalmente las formas que asume “lo social” en tanto regímenes de poder, saber y verdad y su efecto sobre la constitución de la subjetividad tanto a nivel individual como colectivo sino, por el contrario, pensarlos de otro modo en términos de regularidad y discontinuidad. Los momentos de transición serían aquellos en los que la novedad de una discontinuidad no termina de prevalecer sobre una regularidad preexistente para constituirse en nueva regularidad.