Una frase de Antonio Gramsci se
ha asociado y repetido hasta el cansancio para definir en pocas palabras lo que
significa un proceso de transición: “lo nuevo que no termina de nacer y lo
viejo que no termina de morir”. Me
permito discrepar con este uso de Gramsci porque implica asignar a los procesos
histórico-sociales una teleología que le sería intrínseca y necesaria. Lo nuevo
–sea lo que fuere- nunca aparece como una ruptura con el pasado sino como la subsunción
de ese pasado a la novedad, lo viejo se reactualiza en lo nuevo. De modo tal
que tanto aquello que se enuncia como “lo nuevo” y “lo viejo” debería ser
considerado no como algo que explica sino como algo que debe ser explicado; de
igual manera el concepto mismo de transición debería, también, ser criticado.
Esta actitud crítica no implica negar el surgimiento de acontecimientos que
reestructuran radicalmente las formas que asume “lo social” en tanto regímenes
de poder, saber y verdad y su efecto sobre la constitución de la subjetividad
tanto a nivel individual como colectivo sino, por el contrario, pensarlos de
otro modo en términos de regularidad y discontinuidad. Los momentos de
transición serían aquellos en los que la novedad de una discontinuidad no
termina de prevalecer sobre una regularidad preexistente para constituirse en
nueva regularidad.

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