Estamos ante una
clásica telenovela latinoamericana con una estructura narrativa claramente
tributaria de las comedias argentinas basadas en el inverosímil
entrecruzamiento entre clases sociales. De trama previsible y con personajes
estereotipados y unidimensionales no deja, sin embargo, de atraer la atención
de una audiencia siempre dispuesta a dejarse capturar por el eterno retorno de
lo mismo sea por la razón que fuera: volver a ver a un actor favorito, por ejemplo,
y volver a verlo haciendo siempre lo mismo. Y creo que ese es el caso de Dulce Amor cuyo protagonista Sebastián
Estevanez (“Marcos Guerrero”) se esmera en reproducir hasta el más mínimo
detalle ese personaje de sí mismo que hemos visto en la pantalla chica en
numerosas oportunidades y que tanto éxito le ha generado. Ojo, no critico al
actor por el personaje que compone sino porque sin abandonarlo podría ensayar
algunas variaciones marginales, una mueca, un gesto, una frase, una
corporalidad novedosa, pero no lo hace. No es el caso del actor Juan Darthes
(“Julián Giménez”) al que si bien ya hemos visto hacer personajes similares
siempre encuentra la manera de dar algo más, o de la actriz María Valenzuela
(“Elena Bandi”) que se esfuerza por darle matices y expresión a su personaje
sin caer en la sobreactuación de Laura Novoa (“Gaby Ahumada”). El resto del
elenco se resiste a cualquier tipo de crítica ya que no tengo claro hasta que
punto es el guión el que los obliga a componer personajes tan medidos como inverosímiles
y artificiales.

3 comentarios:
Tal cual,la novela es atrae como una canción pegadiza...esas que no te gustan al principio pero de tanta repetición termin´ás cantando, bue eso todo bien, pero porque grita tanto Laura Novoa? ufff
PD: luego de visionar 48 episodios observo cierta hibridación de géneros telenovela/telecomedia.
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